LA TURCA
Desde que me enteré de tu ida, Toto querido, no paro de regresar al pueblo en mi mente. En realidad, los que vuelven son mis recuerdos. El pueblo, la casa de mis padres, los Colombo, mis compañeros y ella. Mi primer amor, esa chica que me paralizaba, la que lograba que crecieran mariposas en la panza, la que me hacía suspirar y soñar.
La Turca vivía a tres cuadras de mi casa. Tantas veces pasé por ahí a generar un "encuentro casual". Las primeras veces, saludaba tímidamente y me iba. Aunque parezca una estupidez, eso para mí era un avance. Cuando fui creciendo, me empecé a animar a conversar, pero no a declararme. A veces la encontraba con Priscila, que al cabo de un rato se iba y nos dejaba solos. Notaba que teníamos muchas cosas en común. Nuestras conversaciones eran muy divertidas y profundas.
Cada tanto salíamos a pasear y tomábamos mates. Más de uno daba por hecho que éramos el uno para el otro. Mi vieja, cada tanto, invitaba a tomar el té a la familia entera. Hasta parecía un matrimonio arreglado, pero con consenso de ambos. Faltaba el beso que rubricaría nuestra relación.
En quinto año, cerca de nuestra ceremonia de egresados, me decidí. Iba a llevarla a un costado del patio, para agarrar su mano y luego darle ese beso que tanto le quise dar durante la secundaria. Y así lo hice, sin embargo, a mitad del camino vi a mi peor pesadilla, Octavio. Minutos después, estábamos en el lugar. Ella y yo. Tomé sus manos y ella me miró a los ojos. Acercamos nuestros labios y cuando ambos labios se estaban por contactar, escuché la voz de Toto llamándome a los gritos para asistir a la foto de graduación. La mirada matadora que te lancé, querido Toto, creo que no la tuve con nadie. Mientras iba hacia allá, percibí a Octavio con una sonrisa de satisfacción en un costado. Nunca de frente y siempre enviando a otros. Siempre fue un cobarde Octavio. Ese episodio fue el que me decidió a irme, sin decirle a nadie, solo a mis padres. En los días previos, tenía pensado empezar mi relación con la Turca y venir cada tanto al pueblo para estar con ella, o llevándomela otras veces. Sabía, después de este episodio que, si me quedaba o venía de vez en cuando, este tipo me iba a hacer la vida imposible. Me costó, pero mi enojo y fastidio, además de buscar un progreso que ahí no iba a tener, me llevaron a esto. Me fue bien, mejor de lo que creía y quería. Me faltó ese eslabón. ¿Qué será de su vida? La busqué por las redes sociales por su nombre, Evangelina Durán. También por apodo y por gente en común. Nunca logré dar con ella. Desde que me enteré, todo volvió. Como si nunca me hubiese ido. ¿Será hora de volver a dar un cierre? Me siento como ese día, pero todavía no encuentro el detonante como para hacerlo.
El Puma

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