TOTO, CAPÍTULO 8
Y llegó el momento de vestirme de gala. Había mucha gente, mucha más de lo que hubiese imaginado. Llegué con doña Elisa y Mecha y desde temprano se había reunido una multitud. Se me acercaban varios compañeros, algunos los recordaba poco, ya que no había entablado diálogo con ellos nunca, profesores de los pocos que quedaban vivos. Lamenté mucho enterarme del fallecimiento de don Atilio, el maestro que siempre confió en mí. El ruso Grumowsky me recibió como un perro cuando ve a su amo al llegar a la casa. Me llevó hasta su despacho y, junto a Mecha y doña Elisa, nos ofreció algo para comer y tomar, antes de pasar al salón de actos. La oficina estaba impecable, de los pocos rincones rescatables de ese hermoso y antiguo edificio municipal que se estaba cayendo a pedazos. Y sí, la oficina del intendente tiene que estar en excelente estado, no vaya a ser que parezca una cueva abandonada como donde está Martita. Me sentaron al costado del atril, donde el ruso estaba en su salsa....