LA PESADA CAÍDA, CAPÍTULO 4

 


Al llegar, había mucha gente entrando y saliendo. Entre lágrimas y sentimientos de tristeza, la gente entraba a consolar a doña Elisa. El Petaco se quedó paralizado y se le hizo un nudo en la garganta. Recordaba la conversación que había tenido con Toto horas atrás. No se atrevía a dar otro paso y se quedó parado ahí. Tras unos minutos, tomó coraje y entró. Doña Elisa lo abrazó muy fuerte. "Fue ese hijo de puta", sollozaba la madre de Toto ante el intento de consuelo del comisario.

En su habitación estaba Toto acostado en su cama con una expresión de paz en su rostro. Esa que no tuvo en vida. El Petaco lo miraba buscando respuestas. Doña Elisa estaba pegada a él. Ambos quedaron allí hasta que llegó el coche fúnebre. Al entierro fue mucha gente. Desde el ruso Grumowsky, hasta el gallego Jesús García, pasando por Bernardo Passerieux y el oficial Cosco. En un costado y en absoluta soledad estaba Octavio. Doña Elisa estaba furiosa, pero no quiso hacer un escándalo en el funeral de su hijo. "¿Te das cuenta, Petaco?, le susurró al comisario al oído, Mecha no puede estar acá por este hijo de puta y ahí lo tenés, caminando en la misma vereda que nosotros. No puedo creer que haya tenido el descaro de presentarse". El Petaco la abrazaba y tuvo un momento de regodeo antes de responderle. "No se preocupe doña Elisa, le queda muy poco tiempo libre a esa basura". La viuda lo miró extrañada, a lo que él replicó: "Solo espere unos días, en menos de una semana va a estar donde tiene que estar". Doña Elisa no preguntó más, solo esperó que ese policía a quien quería como a un hijo no le generara falsas ilusiones. 

Continuará...

El Puma

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