LA PESADA CAÍDA, CAPÍTULO 3
Después de renegar unos minutos, finalmente Octavio logró arrancar el auto y salió. Los dos policías lo seguían con las luces apagadas y a una distancia prudencial. A los pocos kilómetros se detuvo al costado de la ruta. El Petaco y Cosco también lo hicieron y se estacionaron en la banquina. "¿Qué está bajando de atrás?, preguntó Cosco.
- Es lo que voy a averiguar. Vos quedate acá. Yo lo voy a seguir y a filmar. Estate atento a todo.
- Sí, señor".
Octavio se internó con la bolsa cargada al hombro hasta llegar a su lugar de siempre. Tiró la bolsa y sacó el cuerpo de Nicanor Weber. El Petaco filmaba. Octavio sacó una botella de kerosene y se la esparció a todo el cadáver. Prendió un fósforo y, en el acto, se esparció una gran llamarada. Una sonrisa perversa se dibujó en el rostro muchas veces inexpresivo de Octavio. La misma mueca de satisfacción aparecía en el Petaco. Su instinto lo llevó adonde quería llegar hacía mucho tiempo. Después de unos minutos solo quedaban las cenizas esparcidas del abogado inescrupuloso que defendió a Octavio.
Se retiró de ahí ni bien se apagó el fuego. El Petaco se escabulló por otro lado y llegó al auto. "¿Cómo le fue, comisario?, inquirió Cosco.
- Lo tenemos, Lagarto. Ni el gallego Jesús García lo va a salvar. Arrancá para el otro lado y después de unos kilómetros, pegamos la vuelta".
Una hora más tarde, el Petaco llegaba a su casa y se acostaba. Antes de dormirse, abrió el cajón de su mesa de luz y tomó una foto en la que estaba él con Graciela. "Ahora vas a poder descansar en paz, mi amor", dijo y apagó la luz.
Por la madrugada, mientras el comisario dormía profundamente, sonó el teléfono. El Petaco con los ojos casi pegados atendió. En cuanto le dieron la noticia, se despertó como si le hubieran arrojado un baldazo de agua fría. Rápidamente, se vistió y salió corriendo a la casa de la familia Colombo.
Continuará...
El Puma
Comentarios
Publicar un comentario