TOTO, CAPÍTULO 11
Octavio miró de pronto a la mesa y palideció. Empezó a mirar hacia el piso, giraba la cabeza con desesperación. "¿Se te perdió algo?", le pregunté casi al borde del ataque de risa. Octavio quedó mudo. Pasó de tener una absoluta seguridad triunfante a una expresión de pánico. No entendía lo que pasaba. La pistola que había dejado sobre la mesa ya no estaba más. Quiso salir corriendo, pero yo llegué antes a la puerta. "¿Adónde vas?, le dije. Vamos a arreglar las cuentas". Lo agarré de su camisa, lo zamarrée y le metí una trompada con tantas ganas que lo tiré al suelo. No le di tiempo a reaccionar. Lo volvía a agarrar, lo levanté y le clavé un rodillazo en el estómago y, mientras jadeaba, le tiré una patada a los genitales con toda mi fuerza. Quedó doblado en el piso, en un grito de dolor. En ese momento, Mecha entró. Estaba acompañada por el ruso Grumowsky y el Petaco Nannini, comisario del pueblo. Este lo agarró a Octavio, lo puso boca abajo y lo esposó con las man...