TOTO, CAPÍTULO 9

 


El agasajo siguió hasta tarde. El ruso tiró la casa por la ventana y terminamos muy tarde. Cuando salimos, Mecha y yo acompañamos a doña Elisa a su casa. Después de despedirla, Mecha le dijo que venía conmigo. Le vi una gran sonrisa, como hacía tiempo no se la veía. Caminábamos despacio, pegaditos y tomados de la mano. Llegamos a la puerta de casa, nos miramos a los ojos, nos tomamos de las manos y empezamos a besarnos. No fue un beso más. Fue completamente distinto a todos los que nos habíamos dado antes. Ambos sabíamos que después de esto, no había vuelta atrás. Ya no era pasión de un rato, sin compromisos. Esto era tan real y auténtico. Estos días que pasamos juntos, llegamos a una profundidad como nunca en el pasado. Salimos de nuestra zona de confort para dar ese paso que nuestra inmadurez no nos permitía. 

"Así los quería agarrar", dijo una voz que cortó bruscamente ese momento. Si bien pasaron más de 30 años, reconocí de inmediato la voz de Octavio: Mecha se aferró más fuerte a mí, mientras yo miraba a ese detestable personaje que me hizo la vida imposible en el colegio, apuntándonos a los dos con un revólver. No había nadie en la calle, como para poder llamar la atención. "Mirá vos, Cabezón, continuó con tono sarcástico, decidiste volver después de huir como una rata. ¡Qué bueno! No sabés cuánto esperé este momento. Vos y yo tenemos una cuenta pendiente. ¿Me vas a hacer pasar o lo vamos a arreglar afuera? - Mecha volvió a aferrarse a mí - Con vos también tengo cuentas pendientes. Hoy mato dos pájaros de un tiro. ¡Qué paradoja! Nunca esta frase fue tan bien usada. ¡Vamos!"

Entramos. Mecha estaba aterrada. Yo le tomé la mano tratando de calmarla. Octavio se regodeaba y mostraba una sonrisa fría y cínica. Entramos a casa y, vaya a saber por qué, sentí una tranquilidad... inconsciente, por decirlo de alguna manera. Empecé a tratar a Octavio como si fuera un huésped bienvenido a mi casa. Mecha me miraba atónita. Ofrecí un café a este invitado improvisado y noté que la expresión de este eterno cobarde se estaba mostrando algo más relajada. Nos sentamos junto a la mesa de la cocina. Le pedí a Mecha que preparara café. Cuando me miró anonadada, yo asentí con la cabeza y, creo, ella leyó mi mente. Octavio retomó su discurso triunfalista: "Mirá vos al Cabezón, ahora se hace llamar Gringo. ¿Esos porteños chetitos te llamaron así y vos aceptaste por ser un renegado de tus raíces? No me mires así, lo que digo es verdad. Sentís vergüenza de ser de Villa Yapur. Viniste a refregarnos tu éxito. Recibiste una plaqueta, te autosatisfaciste tu ego recibiendo aplausos y elogios del impresentable intendente que tenemos. Como van a cambiar las cosas cuando vengan las elecciones el año que viene. El ruso va a terminar preso y yo voy a tener el puesto que me merezco hace años. Qué lástima que no vas a estar para ver mi ascenso hasta llegar a intendente".

Se balanceaba hacia adelante y atrás con la silla. En ese momento recordé las veces que se cayó en el colegio y solo podía pensar que era un tonto. Movía la pistola con su mano, hasta que finalmente frenó y nuevamente comenzó a hablar. "Me aburre hablar solo, retomó, ¿por qué no me hacés una entrevista? Así, de paso te enterás de lo que pasó en este tiempo". Quedé sorprendido. Me pregunté si Octavio era cínico o estúpido. O ambas cosas. Miré a Mecha y con su expresión me dijo todo. Acepté hacerle la entrevista. Él sonrió sarcásticamente y se acomodó. Puse el celular para grabar, mientras que él dejaba su pistola sobre la mesa y se acomodaba para responder a mis preguntas.

Continuará...

El Puma

Comentarios

Entradas populares de este blog

SE VIENE LA HORA DE LA VERDAD

ENTRE SORPRESAS Y CONFIRMACIONES, VAN QUEDANDO LOS MEJORES

NO SIEMPRE EL PRIMERO ES EL MEJOR