TOTO, CAPÍTULO 8

 


Y llegó el momento de vestirme de gala. Había mucha gente, mucha más de lo que hubiese imaginado. Llegué con doña Elisa y Mecha y desde temprano se había reunido una multitud. Se me acercaban varios compañeros, algunos los recordaba poco, ya que no había entablado diálogo con ellos nunca, profesores de los pocos que quedaban vivos. Lamenté mucho enterarme del fallecimiento de don Atilio, el maestro que siempre confió en mí. 

El ruso Grumowsky me recibió como un perro cuando ve a su amo al llegar a la casa. Me llevó hasta su despacho y, junto a Mecha y doña Elisa, nos ofreció algo para comer y tomar, antes de pasar al salón de actos. La oficina estaba impecable, de los pocos rincones rescatables de ese hermoso y antiguo edificio municipal que se estaba cayendo a pedazos. Y sí, la oficina del intendente tiene que estar en excelente estado, no vaya a ser que parezca una cueva abandonada como donde está Martita.

Me sentaron al costado del atril, donde el ruso estaba en su salsa. Me sorprendió su oratoria, el recuerdo que yo tenía era de alguien muy básico. Como todo político, habla sin decir nada. Me giré hacia Mecha y le susurré: "Falta que me digas que el gallego Jesús García también tiene esta oratoria". Estalló en una carcajada, pero agachó la cabeza como sintiendo vergüenza de algo. Enseguida, se volvió a erguir y me respondió: "La papa que tiene en la boca ya echó raíces". Casi llamo la atención con mi risa, que ahogué en tiempo récord. Con su cabeza, me lo señaló. Estaba irreconocible. Flaco, atlético, fuerte. Nada que ver con ese gordo aceitoso, sin cuello y con grasa hasta en las orejas. "Me estás cargando", le volví a susurrar. Ella negó con la cabeza. "Gimnasio y lipoaspiración hicieron milagros", balbuceaba mientras seguía bajando la cabeza. Ahí entendí todo. "¡No!", le dije ahogando el grito para no interrumpir el conjunto de palabras edulcoradas del intendente. Mecha asintió muy lentamente. Mientras veía mi cara incrédula, solo atinó a decir: "Todos tenemos un mal día". Debo decir que me conmovió. Aunque estuve tentado, no le dije lo que pensaba y me lo guardé. Volví a enfocarme en el discurso, hasta que me terminó de presentar y la sala se encendió con un cálido aplauso. 

Subí al estrado y miré para todos los costados. No esperaba tanta repercusión, ni mucho menos esta bienvenida. ¿El tiempo que estuve afuera lo hizo posible o yo estuve equivocado todos estos años? Tenía ensayado algo breve y protocolas, pero me dejé llevar por la emoción y no pude contener las lágrimas. De todas las veces que me agasajaron y premiaron, nunca recibí tanta calidez. Por primera vez, me sentí de acá y hasta me enorgullecía por eso. Me costaba hablar. Empecé a balbucear, hasta que me solté. Solo agradecí y dije algo que se me ocurrió ahí. O, mejor dicho, me decidí. Voy a volver y a pasar tiempo acá.

Continuará...

El Puma

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