TOTO, CAPÍTULO 11
Octavio miró de pronto a la mesa y palideció. Empezó a mirar hacia el piso, giraba la cabeza con desesperación. "¿Se te perdió algo?", le pregunté casi al borde del ataque de risa. Octavio quedó mudo. Pasó de tener una absoluta seguridad triunfante a una expresión de pánico. No entendía lo que pasaba. La pistola que había dejado sobre la mesa ya no estaba más. Quiso salir corriendo, pero yo llegué antes a la puerta. "¿Adónde vas?, le dije. Vamos a arreglar las cuentas". Lo agarré de su camisa, lo zamarrée y le metí una trompada con tantas ganas que lo tiré al suelo. No le di tiempo a reaccionar. Lo volvía a agarrar, lo levanté y le clavé un rodillazo en el estómago y, mientras jadeaba, le tiré una patada a los genitales con toda mi fuerza. Quedó doblado en el piso, en un grito de dolor.
En ese momento, Mecha entró. Estaba acompañada por el ruso Grumowsky y el Petaco Nannini, comisario del pueblo. Este lo agarró a Octavio, lo puso boca abajo y lo esposó con las manos en la espalda. "¿Estás bien, Cabezón?, preguntó el ruso.
- Por suerte, sí.
- Menos mal.
- Ruso, tengo grabada la entrevista. Poco menos que confesó sus crímenes. Bah, algunos, pero los suficientes para que no salga nunca más.
- No sé cómo hizo para escaparse.
- No te hagás el boludo, ruso. Él confesó que, por las noches, lo largaban. Si querés mantener tus aspiraciones políticas, no te conviene que la gente lo sepa. ¿No te parece?
- Eh... es una mentira de Octavio. Él siempre trabajó para el gallego Jesús García.
- Puede ser. Ahora, te sugiero que lo mantengas vigilado.
- Dalo por hecho. No se va a volver a escapar, te lo aseguro.
- Te tomo la palabra. Gracias por venir.
- Las gracias se las tenés que dar a Mecha. Ahora descansen tranquilos".
El ruso salió con el rostro serio. No sé si Octavio mintió o no, puede ser, pero no hay que olvidar que el ruso es un político. En cuanto cerré la puerta, vi a Mecha parada frente a mí. Nos dimos un abrazo muy sentido. Ya nada nos iba a separar. Nuestras vidas y destinos estaban unidos. Nuestras mentes se habían leído en una situación de riesgo y actuamos casi en silencio. Nos fuimos a dormir. Ella cayó enseguida apoyada sobre mi pecho. Yo seguí un rato más. Tantos años sobreestimé al bobo de Octavio. No podía creer que nunca se dio cuenta de que Mecha se llevó la pistola de la mesa y menos podía creer que nunca percibió que ella había salido de la casa.
Continuará...
El Puma
Comentarios
Publicar un comentario