LA PESADA CAÍDA, CAPÍTULO 1
En el cementerio del pueblo había una tumba visitada por una sola y misma persona. Ese hombre iba religiosamente todos los sábados cuando el sol comenzaba a caer. Se aseguraba de que nadie estuviera. Era su momento. Ese instante en el que lloraba y recordaba a su amada Graciela. La mujer que allí descansaba no recibía otra visita, ni siquiera de aquellos a los que le había dado momentos de placer y felicidad. Tan sólo él le fue fiel. Depositó el ramo de flores que compró antes de llegar a la tumba. Miró la lápida, juntó sus manos, bajó luego la cabeza y rezó. Ya se hacía de noche, era hora de volver. Al cruzar la puerta, percibió a una persona que parecía perdida. Se acercó. "¿Toto?, susurró.
- Hola Petaco. ¿Cómo andás?
- ¿Qué hacés acá?
- Quería visitarlo a mi viejo.
- Es tarde para estar por acá. Tu vieja debe estar preocupada.
- Tenés razón. ¡Pobre viejita!
- Deberías estar agradecido.
- Estoy agradecido y, a la vez, siendo culpa.
- ¿Por qué?
- Porque nadie en mi familia puede estar sin otra cosa que preocuparse por mí. Mi viejo no está más, mi hermana se fue lejos, el Cabezón se fue a Buenos Aires y nunca volvió. Nunca nos pudimos ir de acá porque no soporto estar lejos mucho tiempo. No soy otra cosa que una carga, Petaco.
- No digas eso, Toto. No es cierto.
- Sí, lo es. Creo que, de todas formas, no me queda mucho tiempo.
- ¿Por qué lo decís?
- Porque creo que no me queda mucho por hacer acá. Todos se fueron y quedé solo. Ya es hora de que me vaya yo también.
- Te estuviste juntando con Octavio de nuevo.
- Por favor, no se lo cuentes a mi vieja.
- No te preocupes. Aunque, conociéndola, seguro que lo sabe. ¿Él te dejó por acá?
- Me acompañó hasta metros de casa. Yo seguí. Estuvimos en el Café Maciel tomando algo.
- ¿Y adónde se fue él ahora?
- Se encontraba con alguien en su casa.
- ¿Con quién?
- No me dijo. Solo le sonó el celular y arregló juntarse.
- Claro. Dale, Toto, te llevo a tu casa".
Mientras iban, el Petaco intentaba imaginar lo que tramaba Octavio, mientras que Toto pensaba en todas las personas que no estaban y a quienes quiso mucho. Llegaron a la casa y allí doña Elisa abrazó a su hijo casi al borde del llanto. Toto pedía perdón a su madre una y otra vez. Luego de que doña Elisa agradeciera al Petaco, este se marchó. Su instinto policial lo llevó a la casa de Octavio.
Continuará...
El Puma
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