EL ARQUERO, CAPÍTULO 3

 


Se tomaron de la mano antes de darse un beso y apagar la luz. Don Cristóbal se durmió enseguida, doña Elisa no pegó un ojo en toda la noche. Al día siguiente, el Deportivo jugaba el primer partido del octogonal contra Policial de Fumarini. El modesto estadio del pueblo estaba completo. Banderas azules y negras flameaban detrás del arco que daba a la ruta. Toto salió a la cancha con el buzo rojo que usó toda la temporada, luciendo el número uno sobre su espalda. En cuanto llegó a ese arco, una gran ovación bajó desde la tribuna. Al haber salido primero en la tabla general, el Deportivo tenía ventaja deportiva hasta la semifinal. Si llegaba al partido decisivo, debía jugar un duelo de ida y vuelta definiendo en casa.

El partido era reñido. Había más patadas que gambetas. Toto daba tranquilidad en el arco y, por momentos, jugaba para la tribuna, descolgando los centros con una sola mano, saliendo jugando con los pies o dejando de lado a los atacantes rivales, teniendo estos que aguantarse un ‘ole’ de los hinchas del Deportivo. Faltando tres minutos para el final, se le otorgó un penal al equipo visitante. El estadio enmudeció. Toto protestó con vehemencia y terminó amonestado. Sus compañeros lo sacaron de ahí y lo mandaron a que se pare en el arco. “Tranquilos, que lo atajo”, les gritó Toto a quien quisiera oírlo. Mientras que el árbitro y el delantero de Policial acomodaban la pelota, solo se escuchaba la voz de Toto provocando. El árbitro dio las últimas indicaciones. “Patealo acá, si tenés huevos”, decía Toto señalando su punta derecha. Tras el pitazo, no volaba ni una mosca. El nuevo corrió recto y pateó al medio, fuerte. Toto no se movió. Solo puso su mano adelante, logrando desviar hacia arriba del travesaño ese remate. Explotó el estadio. Toto celebró mirando a su gente y sus compañeros corrieron a abrazarlo. Enseguida volvieron al partido porque aún había peligro. Sin embargo, en el córner, Toto cortó el centro tomando la pelota con una mano y mostrándola luego a su público. Salió rápido con los pies y tiró un pelotazo largo que cayó al borde del área rival. La defensa de Policial con desesperación cometió una falta innecesaria. Toto se dirigió hacia el lugar para patear el tiro libre. Se perfiló de derecha, puso sus brazos en jarra y miró al arco rival. En cuanto escuchó el pitazo, dio dos pasos saltando, corrió hacia la pelota y la pateó. Esta pasó por arriba de la barrera y fue bajando hasta clavarse en el ángulo superior derecho del arquero. Delirio total. El Deportivo ganaba 1 a 0 sobre la hora y Toto era el héroe. Así terminó el partido. Toto era vitoreado por todos mientras él levantaba sus brazos y tiraba besos para los cuatro costados. A la salida, sus padres, Mecha, la Turca y Priscila lo esperaban. Lo abrazaron en cuanto llegó. Él estaba feliz como pocas veces se lo había visto. Miraba especialmente a Priscila y le preguntó: “¿Te gustó lo que viste?

  • ¡Sos un genio!”

Del otro lado de la escena, Octavio observaba todo con el ceño fruncido. A su lado, Graciela lo llamaba, pero él estaba inmóvil observando con desagrado como Priscila le sonreía a Toto. Su madre volvió a llamarlo sin éxito. Tras darse la vuelta, se topó con el Petaco Nannini y, luego de conversar animadamente, se fue con él. Octavio se puso como loco y salió corriendo para donde estaba Graciela. Pero esta se subió al auto del Petaco y partió. Cuando él llegó, la puerta del cuarto de su madre estaba cerrada, pero se escuchaban las voces. Octavio salió corriendo de su casa con rumbo desconocido. 

Mientras tanto, Toto junto a su familia, Priscila y la Turca se iban a comer unas pizzas que don Cristóbal preparó. Doña Elisa no hablaba y observaba. Por un lado, estaba contenta con la felicidad de su hijo y, por el otro, tenía miedo. Deseaba que estuviera así siempre. Priscila y la Turca conversaban con Mecha animadamente, don Cristóbal seguía haciendo pizzas, mientras Toto devoraba.


Continuará...


El Puma

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