EN EL BANQUILLO DE LOS ACUSADOS, CAPÍTULO 8
Nicanor Weber se regodeaba. Se iba acercando a doña Elisa como un lobo que marchaba a comerse a su presa. "Señorita Saint Louis, arrancó con tono pausado, usted...
- Señora Colombo, lo interrumpió doña Elisa.
- ¿Perdón?
- Ni soy señorita, ni uso mi apellido de soltera. Además de que lo acaba de pronunciar mal. Si va a dirigirse a mí, le pido que lo haga como Señora Colombo.
- Pero usted no está casada.
- Soy viuda de Cristóbal Colombo y me identifico con mi apellido de casada. Y así me conocen.
- Como quiera - su expresión empezó a cambiar hacia el fastidio -. Señora Colombo, ¿usted sabe usar armas o tiene portación?
- Sí, señor.
- ¿Y estaba dispuesta a disparar cuando apoyó la esopeta en la sien de mi cliente?
- En defensa de mi familia, de ser necesario, lo hubiera hecho.
- O sea que estaba dispuesta a matar.
- Objeción, señoría, cruzó el doctor Feliciano Álvarez, mi colega está tergiversando la declaración de la testigo.
- Ha lugar, cortó el juez, la declaración de la testigo quedó, por demás, muy clara.
- Me disculpo, señoría. Señora Colombo, ¿suele usar esa escopeta muy seguido?
- Solía usarla cuando acompañaba a mi esposo.
- ¿Iban de cacería?
- Sí, señor.
- ¿Que le hizo pensar que mi cliente se presentó con malas intenciones?
- El tono que usó para dirigirse a mi hijo y el hecho de que la niña estuviera aterrada.
- ¿Y no será que la niña se asustó al ver a un adulto con un arma?
- No, señor.
- ¿Cómo lo sabe?
- Porque vi como la niña se iba aferrando más a mi hijo cada vez que ese señor se iba acercando.
- ¿Por qué su hijo se negó a entregar a la niña?
- Porque la niña no quería ir con el padre y mi hijo se hizo responsable de ella ante la madre.
- ¿Sabía que se trataba del padre?
- No.
- ¿Cuándo se dio cuenta de que lo era?
- Al cabo de un rato.
- Y aun así no le entregó a la niña.
- Había un compromiso y una responsabilidad de devolver a la niña a la madre. Sin la autorización o el consentimiento de ella, así viniera el mismísimo Presidente de la nación, no la hubiera entregado.
- ¿Qué me puede decir del señor Figueroa?
- Todos saben que no tengo una buena opinión de él.
- ¿Por qué?
- Porque es un ser nefasto.
- Eso lo dice usted. ¿Por qué lo considera nefasto? ¿Le hizo algo a usted?
- Quien daña a mi hijo, me daña a mí.
- ¿Qué edad tiene su hijo?
- Cuarenta y nueve.
- ¿Y no cree que está algo grande para que lo defienda su mamá?
- Mi hijo es maníaco depresivo. Nunca pudo irse de casa.
- Discúlpeme, señora Colombo, ¿acaso su hijo es estúpido?
- ¿Cómo se atreve? Ahora entiendo como tiene estómago para defender a esos dos malandras.
- ¡Orden! ¡Orden!, exclamaba el juez.
- Lávese la boca antes de hablar de mi hijo, ¡sinvergüenza!
- Señora Colombo, insistió el juez.
- Usted sabe perfectamente la clase de basura que es Octavio Figueroa. Solo quiere ensuciarnos a todos y salpicarnos en su mierda.
- ¡Basta!", gritaba desaforado el juez.
El Petaco Nannini, el fiscal y el doctor Feliciano Álvarez frenaron a doña Elisa, mientras que Nicanor Weber reía junto a sus clientes. Nuevamente, el juez debió llamar a un cuarto intermedio. Los dos acusados debieron salir primero y bajo custodia, recibiendo insultos de varios de los presentes. Doña Elisa fue escoltada y contenida en todo momento por el Petaco.
Continuará...
El Puma
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