EN EL BANQUILLO DE LOS ACUSADOS, CAPÍTULO 11 (FINAL)


 

En la reanudación del juicio, Ortíz Narús dejó en claro que no iba a tolerar interrupciones o acotaciones por parte de nadie, además de amenazar con evacuar la sala. Comenzó Feliciano Álvarez esta vez y, ante el estupor de propios y extraños, llamó a Octavio. La sarcástica sonrisa de Weber se borró como por arte de magia. Intentó pedir un cuarto intermedio sin éxito. Le pidió a su cliente que sea breve en sus respuestas. "Estamos esperando", apuró el abogado mientras observaba como Nicanor Weber mostraba signos de vulnerabilidad por primera vez en este juicio. Octavio miró a Weber, quien asintió con la cabeza, y se dirigió al estrado ante el murmullo generalizado. Luego de tomarle juramento, lo abordó de inmediato. "Señor Figueroa, usted era la pareja de Priscila Santos, ¿verdad?

- Nos estábamos conociendo.

- Compartieron la escuela, fueron vecinos, confidentes en su infancia y adolescencia, y me dice que se estaban conociendo. No entiendo.

- Uno nunca termina de conocer a las personas.

- ¡Ah! - realizó una pausa y una mueca como para reírse, aunque luego se contuvo - ¿En qué etapa de estarse conociendo estaba?

- No lo entiendo.

- ¿Estaba comenzando' ¿Estaba avanzado? Ubíqueme.

- No sabría decirle.

- Déjeme ponerlo en estos términos. ¿Estaba comenzando como para probar algo o avanzado como para exigirle y caerle a golpes?

- Señoría, intervino Weber.

- Señoría, interrumpió Feliciano Álvarez, no hay nada que objetar. Este sujeto golpeó a quien era su pareja y mis preguntas tienen que ver con eso.

- Siéntese doctor Weber, ordenó el juez. Continúe doctor Feliciano Álvarez.

- Gracias señoría. Señor Figueroa, ¿qué tiene esa habitación que perteneció a su madre para que le exija a su pareja de turno no entrar?

- Eso no es de su incumbencia.

- Creo que sí lo es. Y de la justicia también.

- Señoría, insistió Weber, mi cliente no tiene por qué contestar eso.

- Yo creo que sí, señoría, insistía el letrado casi en estado de posesión. Claramente había algo muy oculto en esa habitación.

- Coincido, respondió Ortíz Narús. Señor Figueroa, conteste a la pregunta.

- ...

- ¿No escuchó al juez? ¿Qué había en esa habitación? ¿Qué tenía de especial?

- Era la habitación de mi madre.

- ¿Qué piensa usted que hubiera hecho su madre si hubiese sido ella quien hubiese descubierto a Priscila Santos en su habitación?

- Pregúnteselo a ella.

- Le estoy preguntando a usted. Y le pido que no me tome por idiota, estoy perdiendo la paciendia.

- Problema suyo.

- El problema es suyo, señor Figueroa. ¿No será que en ese cuarto sucedieron tantos episodios de copulación que decidió cerrar la puerta? - Octavio comenzaba a fruncir el ceño, mientras Weber estaba paralizado, tanto por la reacción que notó de su cliente como la de su despreciado colega - ¿Será porque falleció su madre en esa habitación luego de una noche de lujuria? Guíeme, por favor.

- No le permito que deshonre la memoria de mi madre. Ella murió después de una noche de lujuria. No es que yo entré a su cuarto y le puse una almohada en la cara.

- ¿Cómo dijo? Repita eso último.

- Dije algo a modo de ejemplo. ¿O va a creer que yo maté a mi madre?

- ¿Otra vez un ejemplo, señor Figueroa?

- No... sí, fue un ejemplo. Un ejemplo.

- Señoría, interrumpió Weber al borde de un ataque de nervios, mi colega confunde al testigo.

- Señoría, retomó Feliciano Álvarez, a mí me parece más una confesión".

En ese momento, irrumpió una persona en la sala y se dirigió hacia el doctor Feliciano Álvarez para decirle algo al oído. En ese mismo instante, el abogado frunció el ceño apretó el puño y dio un pisotón fuerte contra el piso. Respiró hondo, levantó la cabeza, miró al juez y, tras unos segundos de dudas, soltó: "Señoría, mi cliente, Priscila Santos acaba de ser asesinada". Los murmullos iban en aumento. Doña Elisa y el Petaco Nannini se miraron y se dijeron todo con su silencio. El juez determinó la vuelta a fojas cero del juicio. Leopoldo sonrió, Octavio sintió que le volvió el alma al cuerpo. 

Doña Elisa y el Petaco Nannini salieron rápido con el doctor Feliciano Álvarez. Deliberaron entre los tres en el salón adjunto, antes de que la señora y el comisario siguieron su camino. Sin perder tiempo, fueron a buscar a Nicole para subirla al auto del Petaco. "¿Y ahora, adónde?", preguntó el comisario. "A La Plata", respondió sin titubear doña Elisa, antes de salir a toda velocidad.

Por la noche, al costado de la ruta cerca del pueblo nuevamente se encendió una gran fogata en medio de los pastizales. Allí estaba Octavio mirando ese fuego grande de frente. Su mirada era de odio guardado que estaba por salir. Su celular empezó a vibrar. Lo miró y encontró un mensaje de Nicanor Weber. "¿Leopoldo está con vos?", rezaba el texto. Una media sonrisa intentó dibujarse en su rostro. Apagó el teléfono. En cuanto el fuego empezó a apagarse, volvió a dirigir su mirada ahí. "Ya no me servías", dijo con una mirada llena de desprecio. "Ahora sí, puedo enfocarme en lo mío", finalizó. Agotado y aliviado, Octavio se durmió ahí en menos de un minuto.

El Puma

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