TOTÓ, CAPÍTULO 15 (FINAL)
Doña Elisa nos recibió en la puerta. Con bastón y uno poco más avejentada, pero radiante con una sonrisa de oreja a oreja, nos esperaba. Mecha bajó rápido del auto para abrazar a su madre, mientras que yo bajaba a los mellizos para ponerlos en el cochecito.
Entramos a la casa y almorzamos. Los chicos dormían su siesta, mientras que los adultos nos poníamos al día. Hace un tiempo que llevamos una vida nómade. Mientras los chicos, a quienes bautizamos Héctor Cristóbal y Daniel, ambos por homenajes familiares, no estuvieran en edad escolar, nuestra vida seguiría así. En cuanto lleguen a esa edad, decidimos hacer base en Buenos Aires, aunque, en menor medida, seguiríamos moviéndonos. Tenemos casa tanto en Buenos Aires, en Mar del Plata y en Villa Yapur.
Nuestra vida es alocada, pero feliz. La llegada de los chicos mejoró aún más todo. En más de tres décadas nunca volví a mi pueblo natal y los últimos dos años ya lo hice más de diez veces. En mi antiguo cuarto tenía el escritorio. Allí en cada extremo había portarretratos, uno de Mecha y yo juntos en la rambla marplatense y en el otro, los cuatro en San Telmo. En el medio de ambos dejé uno de hace muchos años. Ahí estaba Toto, con la camiseta de Estudiantes de La Plata y yo con la casaca del club del que soy hincha. Si viera lo parecido que es el sobrino que bautizamos con su nombre. ¿Qué pasará en los próximos años? Solo Dios lo sabe. Resta que vivamos día a día y aprovechemos todos los momentos que nos quedan. Me está llamando Mecha para comer, esto sigue.
El Puma
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