TOTO, CAPÍTULO 14

 


Al día siguiente, volvimos a despertarnos tarde. El ruido de la tormenta fue lo que me despertó. Mecha siguió unos minutos más antes de preguntarme en un tono algo burlón si me asustaban los truenos. Ya me tenía que volver a Buenos Aires, a más tardar, dos días después. Miraba la ventana y como caía la lluvia. Ahí recordé el día en que me fui. También caía un tremendo aguacero. Salí de mi casa rápido aquel día. No me despedí de nadie. Había terminado las clases el día anterior. A nadie le comenté que me iba. Los que se iban a estudiar, rumbearon para La Plata, en su mayoría. Mi último año fue el peor de todos. No me daba casi con nadie. Tenía la decisión tomada desde el verano anterior. Me senté con mis padres en el living y les plantée que mi opción era Buenos Aires y que me iba solo, que no me quería cruzar con nadie del pueblo.

Ni siquiera volví durante el verano. Había dejado Villa Yapur para siempre. O eso creía yo. Hasta que aparecieron las redes sociales y el bichito empezó a picar. Así me enteré de la muerte de Toto hace algunos meses. Durante todo ese tiempo, las pesadillas, las noches de insomnio, las voces que volvían, los recuerdos que salieron de sus sepulturas y la necesidad de cerrar un ciclo empezaron a perseguirme. Dialogué con ese amigo en sueños, de forma tan real y auténtico que tenía la sensación de que él volvía de la muerte para hablar conmigo. Cuando leí las cartas que me dio doña Elisa, tenía un déja vu con esos sueños. Terminé de entenderlo. Tarde, pero lo logré.

Me levanté de la cama, me cambié ante la mirada seria de Mecha. Le dije que tenía que salir, a lo que ella me indicó que venía conmigo. Sacamos los pilotos y los paraguas, salimos bajo esa lluvia intensa. Caminamos juntos tomados de la mano y en silencio. Llegamos al cementerio. Seguíamos sin hablar, pero nos entendíamos. Mecha me guió. Llegamos a un mausoleo chico y ahí veía dos lápidas. Una era la de don Cristóbal Colombo, padre de Mecha y una persona que admiré mucho en mi niñez. La otra era la de mi amigo, ese entrañable compañero de andanzas, con el que pasábamos tardes pateando una pelota, corriendo por las calles de Villa Yapur sin preocupaciones o pasando tiempo ya sea en su casa o en la mía. La adolescencia afectó esa amistad, por un lado y la aparición de Octavio le hizo daño. A la larga, esa amistad estuvo intacta, aunque nunca tuvimos esa charla al respecto. ¡Qué lástima! Miré fijo la lápida y me puse a llorar como hacía tiempo que no lo hacía. Mecha se aferraba a mi brazo, apoyó su cabeza sobre mi hombro y lloró también. La lluvia seguía azotando y no nos movíamos de ahí.

No tengo idea de cuánto tiempo habremos estado ahí. La vuelta fue más lenta. Íbamos abrazados sin pronunciar un sonido. Ni falta hacía. Nuestro silencio habló fuerte, vale el oxímoron. Cuando llegamos a casa, entendí que cerré un episodio de mi vida y pude encontrar la pieza del rompecabezas que faltaba y que no imaginaba cual era. Me pude despedir de mi amigo y, a su vez, entendí quién era el amor de mi vida. Tuve que volver adonde todo empezó para encontrar a mi otra mitad. Si veo el vaso medio vacío, diría que perdí 35 años de mi vida. El vaso medio lleno, que es como suelo ver las cosas, me dice que todo valió la pena para llegar así, porque lo vamos a disfrutar y vamos a defender esta unión y este amor con uñas y dientes.

Después de tomar una ducha, nos fuimos a dormir. Tras varios meses, dormí profundo. Amanecimos al mismo tiempo, nos sonreímos y salimos para ir a desayunar con doña Elisa antes de partir. El auto estaba adentro de la casa. Arrancamos después de que doña Elisa nos abrazara y llorara de emoción. "Cuídense mucho", nos dijo para después correrse y dejarnos pasar. Salimos de Villa Yapur con la promesa de volver cada vez que pudiéramos. Esta vez, a diferencia de lo que sucedió 35 años atrás, disfrutaba de la vista. Salimos a la ruta y aceleramos.

Continuará....

El Puma

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