TOTO, CAPÍTULO 13
Antes de ir a la casa de doña Elisa, pasé por casa y dejé la bolsa con las pertenencias de Octavio. La metí en una compuerta secreta donde mi padre guardaba varios recuerdos. Para mi sorpresa, aún estaban ahí. Llegué a la casa donde encontré a doña Elisa sonriendo. "No saben lo feliz que me hacen, exclamó eufórica, siempre soñé con esto. ¡Si Cristóbal estuviera acá! ¡Y Toto! ¡Bienvenido a la familia, querido!" Mecha la detuvo, sonrojada por la vergüenza. Doña Elisa envió a su hija a preparar un café. En cuanto Mecha enfiló para la cocina, doña Elisa se acercó a mí y empezó a susurrarme al oído. "Esto que te digo no sale de acá, dijo en voz muy baja, me imagino que viste el cadáver de ese hijo de puta". Asentí con la cabeza antes de que ella continuara: "Yo oficié de loba de Francia". Abrí los ojos grandes de sorpresa. "Solo vos lo sabés, aseguró y siguió, él pagó por haber matado a Toto, abusar a Mecha, dejarla embarazada para que después sufriera con un aborto. La imagen de Eduardo II fue lo que siempre esperé para ese mal nacido. Cuando leí 'Los reyes malditos' siempre auguré ese final para Octavio. Dios me hizo esperar mucho, pero me cumplió el deseo". Después de contarme esas infidencias, subió el tono hasta el normal y concluyó: "Te pido que nunca hables de esto con ella, le costó mucho recuperarse y se cubrió con una coraza de chica libre. Creo que solamente vos podías terminar con eso, como si hubieras roto un hechizo, una maldición. Sabía que eso terminaría en el momento en el que llegaste a casa".
Yo escuchaba muy atentamente a doña Elisa. Era la primera vez que la veía contarme todo, cual libro abierto. "Ahora que todo esto terminó, seguía ella con firmeza, te voy a contar como muríó Toto. Mecha seguramente te contó que él pudo haber ido preso por las fechorías de Octavio. A la Turca la mató ese delincuente, pero usando su influencia con don Jesús García, lo inculparon a Toto. La Turca estaba ayudando a Mecha, había visto como ese... ya no sé más como calificarlo, abusó de mi hija y estaba por atestiguar. Hizo que Toto se encontrara con ella en el café Maciel. Coincidieron ahí, se sentaron en la misma mesa y en la taza de ella había un sobre de, supuestamente, azúcar. Toto le sirvió ese sobre en su taza y lo acusaron a él de haberla matado. No lo metieron en la cárcel, pero no podía salir de acá. Cristóbal y yo oficiamos de carceleros, mientras le conseguíamos un trabajo a Mecha en Mar del Plata. Y ahí se fue. Por suerte, ella es valiente y buscavida. Le fue bien. Íbamos turnándonos con Cristóbal para verla. Cuando él murió, Mecha venía de incógnito los fines de semana. Y cuando Toto se fue, vino y no se movió de acá. Pero me fui por las ramas. Una semana antes de su muerte, Toto se encontró con Octavio. Este se aprovechó de la soledad de mi hijo y lo llevó de parranda todas las noches. Llegaba borracho todas las veces. Yo fingía estar dormida y lo escuchaba llegar y chocar con los muebles y las paredes. La última madrugada, llegó doblado del dolor de estómago. No estaba borracho. En cuanto entró, me llamó desesperado. 'Me estoy muriendo, mamá', me decía. 'Octavio me puso veneno en la cerveza', insistía. Me dijo que Octavio iba a buscarte para matarte, pero que él le contestó que lo impediría. Lo quiso usar para matarte, pero ahí llegó a su límite. Toto nunca te hubiera hecho daño. Tantas veces te mencionaba. Y eso Octavio no lo podía digerir. Por suerte, se hizo justicia y ese ser despreciable ya no está más entre nosotros. Lo de la loba de Francia, como te dije, lo saben vos y el Petaco Nannini. ¿Por qué?, te preguntarás. El Petaco me debe varios favores, pero uno en particular. ¿Te acordás del quilombo que hicieron en la vuelta olímpica cuando fueron a San Germán? Yo lo salvé al Petaco de que lo expulsaran del colegio y de que lo metieran preso. Bueno, ese favor me lo cobré. De todas formas, alguno más me debe, aunque con esto, ya estamos a mano. Ahora hablemos de cosas lindas, de su futuro. Ahora que ya están juntos formalmente... - vio en mí una expresión en la que me estaba haciendo el distraído - conmigo no, Cabezón. Sé muy bien que las últimas veces que te quedaste a dormir, te cambiabas al cuarto de Mecha. Los tres lo sabíamos. Por suerte, mis deseos se cumplieron. Solo me falta uno. No me voy a ir de esta vida sin conocer a mi nieto. Sé que me van a dar uno... - no me dejó meter bocado - Me vas a decir que son grandes. Para que sepas, bah, vos ya lo sabés, tu padre era apenas más joven que vos ahora cuando te tuvo, así que no tenés excusa. Te digo una sola cosa más y no volvemos a tocar el tema, van a poder. Ella te va a decir cómo. Yo ya dije lo mío".
Después de ese monólogo, cualquiera hubiera salido corriendo. Yo no tuve el instinto ni se me cruzó la idea por la cabeza. Mecha llegó con tres tazas de café y unos pancitos calientes. Obviamente, esto estaba sincronizado. Posiblemente me contó algunas cosas que Mecha no sabía. Pensé en Toto y sentí algo de culpa. Mi ambición y las ganas de no mirar hacia atrás me mantuvieron décadas alejado. Uno puede mirar todo el tiempo hacia adelante, pero si no se resolvieron problemas o no se cerraron etapas, todo ese lastre va con uno y en algún momento lo va a tener que enfrentar. Mientras disfrutábamos de ese momento, recordamos a Toto con Alegría. Y él, no tengo dudas, estaba feliz con nosotros ahí.
Continuará...
El Puma
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