LA VIDA POR LOS COLORES, CAPÍTULO 2 (FINAL)

 



Llegaron al estadio Mineirao unas horas antes para poder acomodarse dentro del pulmón que dejaron para los hinchas visitantes. Iban menos abrigados que en La Plata, pudiendo lucir sus camisetas rojiblancas. Aparecieron los dos equipos y el partido empezó. La dinámica era bastante parecida a la primera final y el primer tiempo terminó 0 a 0. Durante el entretiempo, Mecha parecía ida. Cristóbal lo notó y le preguntó. Ella volvió en sí y tranquilizó a su padre diciéndole que no era nada. Todo ese pequeño episodio quedó atrás apenas comenzó el segundo tiempo. Mucho más aún cuando Cruzeiro abrió el marcador. 

Cristóbal se puso serio, Mecha estaba con la cabeza gacha y cara de resignación. La alegría era toda brasileña. "Encima de todo, vamos a tener que mentirle a mamá", le dijo ella con un tono de voz casi apagado. Él le sonrió y le acarició la larga cabellera consolándola. Estaba serio, pero muy tranquilo. El murmullo que los rodeaba cortó ese momento y ambos voltearon a mirar. Al segundo, gritaban el empate al unísono. Sus expresiones cambiaron en forma sorprendente. Seguían el partido gritando por su amado Estudiantes. Minutos después, la algarabía era total, el 'pincha' se ponía al frente. Mecha y Cristóbal se dieron un abrazo largo y sentido. El estadio que pocos minutos antes era una fiesta pasó a ser un velorio. El resto del partido fue como si ese gol hubiese bajado la persiana. Si bien había nerviosismo lógico por la espera del pitazo final. En cuanto este llegó, el estadio se desagotó. Los hinchas de Cruzeiro abandonaron el Mineirao en silencio. Solo un sector pequeño que cantaba y festejaba permanecía allí. Cristóbal lloraba como un niño, feliz e incrédulo. Feliz por volver a festejar como en sus años más jóvenes, además de poder compartirlo con su hija. Mecha también lloraba. Verlo en ese estado a su padre le tocó las fibras más íntimas. Ya no importaba la excusa que ambos le iban a dar a Elisa. En ese momento, un frío helado corrió por su espalda. Tuvo una sensación espantosa que reprimió cerrando los ojos y sacudiendo su cabeza.

Muy lejos de allí, Toto pegaba saltos frente al televisor ante la conmovida mirada de su madre. Veían los festejos y él se sorprendió. "Mamá, exclamó, papá y Mecha están ahí. ¿Los viste?

- Sí, hijo - respondió Elisa con una calma sorprendente - ya sabía que iban.

- ¿Pero no te dijeron...?

- ¿Vos te pensás que no lo conozco a tu padre? Yo de estúpida tengo la cara nada más.

- ¿Le vas a decir algo?"

Elisa se puso seria por unos segundos, hasta que sonrió, miró a Toto y respondió: "Ya veré".

El Puma

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