LA VIDA POR LOS COLORES, CAPÍTULO 1
El estadio único de La Plata estaba completamente lleno. Las noches de gloria se repetían 38 años después y las 52 mil almas que se juntaron en la ciudad de las diagonales tenían la misma ilusión. Los más grandes habían estado esperando este día como nadie. Los más jóvenes deseaban tener o, mejor dicho, continuar con el legado. En una de las plateas, un señor ya bastante mayor, acompañado de una mujer mucho más joven, ambos abrigados, pero con sendos gorros rojiblancos se encendían al grito de todo el estadio: "¡Estudiantes! ¡Estudiantes!" Cristóbal cumplió su deseo de ver a su querido pincharrata en otra final de la Copa Libertadores. Su espíritu aventurero estaba intacto, no así su salud.
Había salido de su casa con el pretexto de visitar a su hija Mecha a Mar del Plata. No había mentido, pero había obviado la segunda parte: con ella se iban a ver la final entre Estudiantes y Cruzeiro. Cristóbal ya no era ese adulto joven, pero tenía las mismas ilusiones. Ya octogenario y algo disminuido en su salud, poco le importaron las recomendaciones de los médicos y de su amada Elisa. Encontró en Mecha, su hija menor, a una aliada perfecta y al cumplimiento de un viejo juramento que hizo tras ganarle la final a Peñarol. Mecha lo cuidaba lo mejor que podía, aunque no lograba controlarle la pasión, sino que se contagiaba. Aquel partido de ida, no se sacaron diferencias.
Ambos salieron sumidos en el silencio generalizado. Empate sin goles y tener que jugar en un reducto complicado. Fueron al estacionamiento y enfilaron hacia Mar del Plata. Mecha miraba el camino y, cada tanto, giraba su cabeza para observar a su padre. Quizás esperaba que se durmiera, pero Cristóbal tenía los ojos bien abiertos. "¡Nos vamos a Brasil!", gritó de pronto ante el susto de Mecha. El frenazo fue tan repentino que casi se activaron los airbags. "¿Vos estás loco, o te hacés, papá?", respondió ella en forma enérgica. "¡Confiá en mí!", retomó Cristóbal con una mirada desencajada, tengo el mismo pálpito que cuando le ganamos a Palmeiras. Si no vamos a Belo Horizonte, nos vamos a arrepentir toda la vida". Mecha no reconocía en su padre a ese hombre sabio y racional que solía ser. Sin embargo, unos segundos después, sintió lo mismo. Cerró los ojos, respiró hondo y volteó su cabeza hacia él. "¿Qué le vamos a decir a mamá?, retomó Mecha.
- ¡Sí, señor! ¡Esa es mi hija!
- Pará un poco que no tenemos mucho tiempo para pensar.
- De tu madre me ocupo yo. Vos encargate de sacar los pasajes. Tenemos suerte de que el día siguiente al partido es feriado. Sacá para el miércoles por la mañana la ida y el jueves la vuelta".
Mecha asintió. Ni le preguntó por la excusa que le iba a dar a Elisa. Sabía que su padre, como buen italiano cabeza dura, ya tenía la idea fija. Llegaron a Mar del Plata a las tres de la mañana y se fueron a dormir de inmediato.
El martes siguiente por la tardecita, Cristóbal estaba en la puerta de la casa de su hija listo para comenzar esta nueva aventura. Mecha también estaba ansiosa por acompañarlo, aunque le preocupaba las consecuencias que el partido podía traer, ya sea con consagración o no. Luego de pasar la noche en Buenos Aires, salieron temprano hacia Aeroparque. El vuelo duró unas tres horas. Se engancharon con todos los hinchas que viajaban con las ilusiones a flor de piel. Habían reservado un hotel en el centro de Belo Horizonte.
Continuará...
El Puma
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