FE DE ERRATAS: TOTO, CAPÍTULO 7
A pesar del susto inicial, no le di mucha importancia al asunto. Tenía como prioridad iniciar los trámites para quedarme con la casa. Dejé esa carta arriba de una de las mesitas de la sala y salí. Caminé ese corto trayecto hasta la municipalidad. Como todo lo hecho desde que llegué, sentí que viajé en el tiempo. Solo que estaba todo en estado calamitoso. Esto es claramente falta de voluntad. Si doña Elisa, casi sola, me pudo mantener mi casa limpia e impecable, esto con los impuestos que cobran, debería estar como nuevo. En fin, mejor era pensar en el objeto de mi visita y no de gastar pólvora en chimangos.
Llegué a la oficina del registro de la propiedad. Todavía no puedo creer quien me atendió. Era Martita. Bueno, estaba algo madura para que la llamara de esa manera. En cuanto me reconoció, un semblante cambió. Inició el trámite de una manera que jamás había visto en un empleado público. Justo lo que antes decía sobre la voluntad. Me convidó unos mates y empezamos a conversar de la vida. Martita estaba a meses de jubilarse. Su familia era habitué de casa.
cuando me estaba por ir, me pidió que la esperara unos minutos. Me quedé en esa oficina con manchas de humedad en el techo y algunas grietas en las paredes. No habrán pasado diez minutos y volvió con varias personas. Era el intendente con una comitiva de diez personas. "Cabezón querido", exclamó el ruso Grumowsky con el semblante típico de un político. Lejos quedó su aspecto de vago que iba al colegio a dormir y a copiarse del que sabía. Sonreía como si estuviera en plena campaña electoral. "¡Qué lujo tenerte otra vez acá!, continuó, en tu casa. Esto hay que celebrarlo. Villa Yapur tiene que hacerte un homenaje. ¿Cuánto tiempo te quedás?
- Unos días más.
- ¡No se diga más! El próximo miércoles, venite al salón de actos. Vas a ser el segundo ciudadano ilustre. Sí, querido cabezón, vas a tener tu nombre impreso al lado de don Ulises Yapur.
- Gracias", atiné a decir con cierta vergüenza, mientras el resto de la comitiva aplaudía. "Y con respecto a tu casa, ya está hecho. ¡Artemio! - llamó a uno de los diez que estaba en el fondo - Firmá el documento, así el Cabezón ya puede tener formalmente su casa. ¿Te molesta que te siga llamando Cabezón?" Negué moviendo la cabeza. Me despedí teniendo que abrazar a uno por uno. Si bien tengo muy en claro que se trataba de un acto de demagogia, estoy feliz de estar reconciliándome con mi lugar de origen. Me fui con el documento firmado, seguramente lo mande a enmarcar.
Antes de irme, Martita me dio un abrazo y me pidió que le mandara saludos a doña Elisa y Mecha a quienes, me dijo, no veía hacía tiempo.
Continuará...
El Puma
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