PRISCILA, CAPÍTULO 7
Toto estaba sirviendo el almuerzo para Nicole en el momento que sonó el timbre. Abrió la puerta y allí estaba Leopoldo. En cuanto este vio a la niña se dirigió hacia ella, sin presentarse ni saludar. Nicole salió corriendo y se aferró a Toto. "Vamos Nicole, dijo Leopoldo en forma cortante, nos vamos a casa". La chica se aferraba más fuerte y suplicaba: "Toto". Este intervino: "Disculpeme, pero yo no sé quién es usted y le pido que no la moleste.
- Yo soy el padre y vengo a llevármela.
- La madre me dio la responsabilidad. Solo se la voy a entregar a ella.
- Mirá pueblerino, no tengo tiempo para perder con vos. ¡Dame a mi hija!
- ¡No!
- No sabés con quien te estás metiendo. ¡Dame a mi hija!"
Ni bien terminó de decir eso, sintió un metal frío en la sien. "El que no sabe con quién se está metiendo sos vos, estirado, amenazó doña Elisa con la escopeta que usaba don Cristóbal para ir de cacería. Dejá en paz a la chica y a mi hijo, porque te vuelo la cabeza de un balazo". Leopoldo se puso pálido y pedía calma temblando y tartamudeando. "Toto, ordenó su madre, llamá al Petaco". El muchacho obedeció y el Petaco Nannini no tardó ni cinco minutos en llegar. Junto al Lagarto Cosco, subieron a Leopoldo al patrullero. Antes de arrancar, el comisario preguntó por Priscila. Doña Elisa le aseguró que debía estar en la casa de Octavio.
Al llegar a la puerta escuchaba ruidos y gritos. Tocó el timbre, no hubo respuesta. "Abran la puerta o la tiro abajo", gritó el Petaco. No había respuesta. "¡Cosco, tirá esa puerta abajo!", mandó el comisario. Al entrar, encontraron a Octavio en estado de casi posesión, mientras Priscila estaba rendida en el piso. El Petaco se abalanzó sobre Octavio y lo redujo de inmediato. "Solo eso te faltaba para confirmar tu cobardía, le decía mientras lo esposaba, pegarle a una mujer. Cosco, llevalo al patrullero con el otro estirado ese y llamá al doctor Passerieux. Yo voy a pedir refuerzos". El Lagarto Cosco, hombre de pocas palabras y, especialmente, de pocas pulgas, llevó a Octavio como si arrastrara una bolsa de basura y lo juntó a Leopoldo. La cara de Octavio recobró algo de paz cuando vio a su acompañante. Paradójicamente, a Leopoldo le pasó lo mismo, tomándose ambos instintivamente de la mano.
Continuará...
El Puma
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