PRISCILA, CAPÍTULO 5
En los meses siguientes, la dinámica era la misma. Priscila consiguió un trabajo en San Germán, en la redacción del diario local, además de tener horas como columnista en la radio local. Nicole pasaba su tiempo entre el colegio y la casa de Toto. Los fines de semana, Priscila pasaba un día, cuando no los dos, entre el trabajo y Octavio. Nicole estaba encariñada con Toto y doña Elisa quien, a pesar de ser dura con Priscila, sentía un gran afecto por la niña. Todo se hacía y deshacía a su gusto. No planeaba dar un paso más, prueba de ello era el escaso interés por no decir nulo que mostraba por el progreso de su novia o por el bienestar de Nicole. La niña lo miraba con desconfianza.
Cuanto más tiempo pasaba Priscila con Octavio, más quería conocer su costado más profundo. Comenzó a notar que él no compartía otra cosa con ella más que la intimidad. Mientras ella le contaba todo, él no se manifestaba. La puerta cerrada con llave del cuarto de Graciela le daba más curiosidad. Sin embargo, cada vez que tiraba el tema, él se ponía histérico.
En esos días, llegaba un auto desconocido para todos en el pueblo. De ahí se bajaba un hombre alto, rubio, de rasgos germánicos, algo estirado, y se dirigió a la municipalidad. Mientras tanto, Priscila despertaba en el cuarto de Octavio sola. Tenía ese día libre y durmió unas horas de más. Nunca notó que su novio había salido. Se levantó y se vistió rápido para ir a buscar a Nicole a la casa de Toto. Cuando estaba por salir, vio la puerta del cuarto misterioso con la llave puesta. La tentación era cada vez más grande. Su respiración era intensa. Dudó por un instante, su curiosidad pudo más. Giró la llave despacito y fue abriendo esa puerta prohibida. Todo estaba oscuro. Prendió la luz y se asustó. Vio la cama de la difunta Graciela hecha en forma impecable. Al costado derecho, estaba la gigantografía con la foto de Graciela en sus años dorados, el candelabro en frente. Del costado izquierdo, una enorme cartulina con fotos de distintas personas. Algunas estaban tachadas. En cuanto reconoció a las personas que ya tenían una cruz roja, se horrorizó. Tomó su celular y empezó a sacar fotos. Hasta que vio una agenda en la mesa de luz. La abrió y su corazón comenzó a latir fuerte. Se aprestaba a sacar otra foto cuando escuchó la puerta principal abrirse. Dejó todo rápido, pero no logró salir del cuarto antes de que Octavio llegara. "¿Qué hacés acá?", le preguntó con el rostro invadido por la ira. A su lado, estaba el personaje que llegó a la municipalidad más temprano. "¡Leopoldo!", exclamó Priscila asustada. El estirado sonrió sarcásticamente. "¿Vos pensaste que no te iba a encontrar?, se regodeaba el visitante recién llegado, ¿en serio?"
Continuará...
El Puma
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