PRISCILA, CAPÍTULO 3


 

Por la tarde, Priscila tomó a Nicole y se dirigió a la casa de Toto. Este, feliz de saber de esa presencia, se apersonó en la puerta. "Disculpá que te moleste, Toto, arrancó ella, tengo que hacer algunas cosas y quería pedirte si me podrás tener a Nicole por un rato. Quedate tranquilo que ella se porta muy bien.

- No te hagas problema, que nos vamos a llevar bárbaro y vamos a ser muy buenos amigos.

- ¡Ay, Toto! ¡Sos un amor! ¡Muchísimas gracias!"

No le alcanzaron los pies para salir rápido y dejar a Nicole allí. Toto, feliz de tener esa responsabilidad, hizo pasar a la niña y estaba rebosante de simpatía. Doña Elisa, quien nunca dejaba escapar detalle, no estaba muy feliz con esto. Se acercó a su hijo y le susurró al oído: "Se están aprovechando de vos".

- No, mamá. Despreocupate".

Doña Elisa no quería discutir con Toto. Se quedó con la respuesta que estuvo a punto de darle: ¿qué clase de trámites tenía que hacer un domingo? Solo se resignó a ver como su hijo entablaba amistad con una nena de siete años.

Mientras tanto, Octavio estaba solo en su casa. Estaba metido en el cuarto de su difunta madre, prendiendo las velas del candelabro que estaba frente a una gigantografía de la foto de Graciela. Estaba muy enfocado en ese extraño ritual en el que santificaba a su progenitora, siendo que mientras estaba viva, había llegado a odiarla. Terminó de prender la última vela y sonó el timbre. Se ausstó, ya que era algo no habitual, especialmente desde la ida de Graciela. Nervioso y molesto por haber sido interrumpido en pleno ritual fue a abrir la puerta. Del otro lado, una sonriente Priscila estaba con un paquete en una mano y un equipo de mate en la otra. "¿Qué te parece si revivimos los viejos tiempos?", dijo ella con una sonrisa y cierto nerviosismo, similar a una ansiedad manifiesta. "Hace mucho que no tomo mate, respondió él.

- Con más razón. Es hora de recuperar el tiempo perdido", respondió antes de entrar. Miró la casa con cierta curiosidad. Ahora que lo pensaba, era la primera vez que entraba allí. Siempre conversaban en la vereda o en el patio del colegio, nunca habían cruzado las puertas de sendas casas. Octavio no estaba particularmente contento, pero tenía curiosidad. Miraba a su visitante como si la estuviera estudiando. Por lo general, solía él buscar mujeres cada tanto y no de este tipo. Él la dejó hablar, sin interrumpirla y haciendo algunas acotaciones oportunamente, mientras iban entre mate y mate. Cuando se acabó el agua, Priscila se le iba acercando más y cuando Octavio menos se lo esperaba, ella lo besó. Él tenía una sensación rara. Del otro lado había un sentimiento que nunca percibió antes.

Continuará...

El Puma

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