PRISCILA, CAPÍTULO 1
Toto madrugó ese sábado soleado. No quiso despertar a su madre, por lo que decidió salir a la vereda. Estaba en uno de sus momentos felices. Sentado en la puerta de entrada, se puso a mirar las calles desiertas de ese pueblo estacionado en el tiempo.
Pensando en sus cosas, no reparaba demasiado en las personas que ocasionalmente pasaban por al lado sin saludarlo. Miraba un poco para cada lado hasta que fijó la vista al fondo de su calle, percibiendo una figura femenina acompañada de una criatura. Estaba serio, con expresión de curiosidad en su rostro. A medida que esas dos siluetas se iban haciendo más visibles, la expresión iba mutando a felicidad. Se frotó los ojos como queriendo dar crédito a lo que veía. Se levantó. La mujer y la niña que llegaban, estaban en la esquina. "¿Priscila?", sonrió Toto atónito. La mujer devolviéndole la sonrisa asintió con la cabeza y respondió: "¡Toto!" Ambos se dieron un cálido y sostenido abrazo. "¡Qué lindo verte!, retomó él. ¿Qué te trae por acá?
- Volviendo al nido. Recién separada y con una hija. Ella es Nicole.
- Tan linda como la mamá - acarició la cabeza de la chica cariñosamente - ¿Y el papá de esta princesa?
- Un episodio que estoy dejando atrás".
Toto entendió que había metido el dedo en la llaga y se sintió mal por eso. Quiso esbozar una disculpa, pero Priscila le sonrió dándole a entender que todo estaba bien. Ambos permanecieron unos segundos en silencio con la cabeza gacha. Hasta que ella, tironeada levemente por su hija, dio a entender que debía seguir. Quedaron en encontrarse en breve. El corazón se le aceleró a medida que la sonrisa se le ampliaba a Toto. Se metió en forma rauda a su casa, como un adolescente que está en sus primeros años. Doña Elisa estaba sentada tejiendo. "Mamá, gritó, a que no sabés quien volvió al pueblo". Doña Elisa miró con ternura a su hijo y preguntó. Toto estaba tan embalado y le contó todo hablando rápido y casi sin respirar. Mientras doña Elisa escuchaba, sonreía, pero estaba preocupada pues sabía de los altibajos del muchacho. Terminó de hablar y antes de volver a su cuarto, acotó: "Quizás pronto pueda darte los nietos que tanto deseás". Una vez que la puerta se cerró, ella movió la cabeza en un acto de negación con una sonrisa de resignación suspiró: "No pierdo la esperanza". Luego miró el portarretrato que tenía en la mesita al lado suyo donde estaba la imagen de don Cristóbal.
Continuará...
El Puma
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