OCTAVIO Y GRACIELA, CAPÍTULO 6 (FINAL)
Era viernes por la noche. Llovía a cántaros y las pocas personas que estaban en la calle corrían para refugiarse. Octavio había olvidado su paraguas, sin embargo, era el único que caminaba a paso lento mientras que el agua caía a baldazos. Llegó a su casa, empapado y con la ropa pegada al cuerpo y, como era habitual, llamó a su madre. Al no tener respuesta, empezó su fastidio. Ni siquiera tomó su celular para ubicarla, de solo pensar donde estaría, se pondría de peor humor. Aprovechó su soledad para ducharse y tirar esa ropa mojada que tenía puesta en el piso del baño. Pidió comida por teléfono y, luego de ponerse su pijama favorito, cenó. Afuera seguía diluviando, mientras él disfrutaba cada bocado. Luego se preparó un té de boldo y se fue a dormir.
Pasada la medianoche, los truenos y las carcajadas de Graciela con su acompañante de turno se escucharon al unísono. Enseguida, Octavio reconoció la voz del ruso Grumowsky. La ira que tanto le había costado neutralizar, regresó a él en un segundo. La tranquilidad hasta minutos antes obtenida fue borrada de un plumazo. Entre el ruido de la tormenta y los provenientes del cuarto de Graciela, Octavio sentía que su cabeza iba a explotar. Tapaba su cabeza con la almohada, pero no había caso. Pegaba gritos desesperados en vano. Ante su desesperación, salió a la calle así en pijama como estaba. Prefería agarrarse una neumonía a seguir en ese infierno. Afuera llovía cada vez más fuerte y no había refugio como para no mojarse tanto. A las tres de la mañana garuaba. Tras estar tiritando y tomándose de sus brazos para darse algo de calor, vio la puerta de su casa abrirse. Allí se acercó y vio al ruso Grumowsky salir de ahí, no sin antes mofarse del pijama que tenía puesto. Temblando de frío y de enojo, entró. Al acercarse al cuarto de Graciela, esta dormía plácidamente, destapada. Permaneció allí unos minutos y, nuevamente, se fue a duchar.
Ese sábado al mediodía, momento en que Octavio se despertó, seguía con lluvia. No era torrencial, pero sí copiosa. El aspecto de Octavio era fatal. Tenía la nariz tapada y no paraba de estornudar. Se preparó una taza de té y calentándose las manos con ella, se dirigió al cuarto de Graciela. Estaba en la misma posición con la que la había dejado, aunque la única diferencia era que tenía la almohada sin funda sobre su cara. Se acercó allí y removió eso. Algo no estaba bien. Con cierto temor, Octavio sacudió los hombros de su madre, pero esta no reaccionaba. De inmediato, tomó su celular y llamó al doctor Bernardo Passerieux.
El médico llegó a los cinco minutos. Su semblante era el habitual: cara de pocos amigos, con su bigote oscuro y algunas canas que le llegaba hasta el límite del mentón y su viejo botiquín en la mano derecha. Hombre de pocas palabras, solo preguntó adónde tenía que ir. Fueron al cuarto de Graciela y apenas la vio, miró a Octavio con cara más seria. La revisó solo porque su protocolo se lo dictaba, pero su veredicto ya lo tenía ni bien la vio. "Está muerta", le dijo con una crudeza que hacía pensar que ese médico carecía de todo atisbo de humanidad. Acto seguido, llamó a la funeraria y a la policía ante la mirada neutra de Octavio que parecía no entender lo que estaba pasando.
A la media hora, la casa estaba llena de gente. El Petaco Nannini, ya a cargo de la policía, se puso a la cabeza de la investigación. El ruso Grumowsky se acercó junto a su familia. También pasó el gallego Jesús García y hasta Toto se asomó acompañado de Mecha. Todos permanecieron poco tiempo allí. La investigación se cerró, dado que el médico forense dictaminó que la muerte había sido por causas naturales.
El entierro fue al día siguiente. Muy pocos concurrieron. La mayoría eran hombres. Nadie le dio el pésame a Octavio, quien seguía con esa expresión neutra. Cuando volvió a su casa, decidió entrar al cuarto de Graciela. Estuvo allí una hora. Hizo la cama, ordenó el lugar para luego llevarse la almohada, cerrar la puerta del cuarto con llave y salir de su casa. Caminaba cada vez más rápido. Las pocas personas que estaban allí, ni repararon en su presencia. Siguió a paso raudo. A la salida del pueblo, empezó a correr hasta llegar al descampado al borde de la ruta. Se metió dentro de los pastizales, gritó de forma sostenida y fuerte antes de tirar la almohada y apoyas la cabeza en ella y dormirse.
El Puma
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