OCTAVIO Y GRACIELA, CAPÍTULO 5
La gente comenzó a desagotar, el subcomisario siguió a Octavio y Graciela hasta la puerta de su casa. Cuando estaban por entrar, el Petaco los interrumpió solicitando conversar con ellos. Graciela, muy amablemente lo hizo pasar, mientras que Octavio comenzó a ponerse nervioso. Durante el interrogatorio, Graciela tomó el protagonismo, dando una actuación rozando lo brillante, haciendo ademanes llamativos, siendo muy cálida con su visitante y descontracturando el ambiente en forma inversamente proporcional a la ira de Octavio. El Petaco ya no era el que vino a realizar una investigación policial, sino que era un feliz huésped. Reía con las acotaciones de la bella anfitriona, mientras que su hijo se envenenaba con el odio que acumulaba y miraba su reloj para tratar de adivinar en cuanto tiempo ese ser que despreciaba iba a pasar al dormitorio de su madre.
Cinco minutos después, cuando sucedió lo que ya era sabido, Octavio se encerró en su cuarto dando un portazo que pasó desapercibido por la fuerza de las carcajadas lanzadas por el Petaco y Graciela en un ámbito que ya había llegado a lo más íntimo. Pasaron unas horas hasta que terminó la visita. Ella lo acompañó a la puerta cubierta por un camisón y sonrisa cautivadora. Él estaba completamente despeinado, con la camisa fuera del pantalón y desabrochada hasta la mitad. Octavio esperaba a su madre parado en el living para interpelarla. Cuando Graciela cerró la puerta, enfiló para su cuarto y antes de que su hijo pudiera atinar a balbucear algo, espetó categóricamente: "Dejame de joder, nene, que estoy cansada".
Octavio empezó a hacer un berrinche de un nene caprichoso, tirando los almohadones del sillón al piso. Acto seguido, salió como una tromba s buscar al Petaco. No pasó mucho tiempo hasta que lo encontró en el café Maciel. Lo esperó caminando de un lado al otro en esa esquina. Cuando finalmente salió, lo encaró. "Escuchame Petaco, bramó, que se la última vez que te acercás a mi vieja o a mí. No te conviene meterte conmigo, podés terminar mal". El subcomisario caminaba al lado, ignorándolo. "No te hagás el sordo conmigo, siguió. ¡No jodas conmigo!" Pero el Petaco seguía caminando sin que se le moviera un músculo de la cara. "¡Conmigo no, Petaco!, se desesperaba Octavio, ¡conmigo no!" Al llegar a la siguiente esquina, el policía lo agarró y lo chocó contra la pared. Con una mano, lo tenía tomado del cuello y con la otra tenía el brazo de Octavio contra su espalda. "Ahora escuchame vos, ordenó con un tono que no era fuerte pero sí muy firme, que vos hagas el trabajo sucio del intendente no te hace impune. No te hagas el loquito conmigo, porque mi meta va a ser meterte en cana a vos y a esa bandita que mandás a los que te molestan. Y yo, en tu lugar, a tu vieja le levantaría un monumento. No te echaron del colegio, gracias a tu vieja. No estás en cana, gracias a tu vieja. Estás donde estás, gracias a tu vieja. Entonces, en vez de hacer berrinche, yo que vos la cuidaría un poco más. Y la próxima vez que te vengas a hacer el loquito, ese brazo te lo voy a arrancar y yo solito te voy a dar una paliza que no te la vas a olvidar en tu puta vida. ¿Me entendiste? ¿Octavia?"
El Petaco empujó a Octavio contra la pared y siguió su camino. Octavio estaba al borde de la explosión. Empezó a correr como loco hacia la salida del pueblo. Agotado por estar mal descansado y por la adrenalina gastada, llegó a un descampado, al costado de la ruta, cayó de rodillas, siendo tapado por los pastizales, pegó un grito largo y desgarrador antes de caer al suelo y dormirse.
Continuará...
El Puma
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