OCTAVIO Y GRACIELA, CAPÍTULO 4
Allí encontró a Graciela sentada en el sillón del living, teniendo en la mesa una botella de whisky casi vacía al lado de un vaso medio lleno. Octavio respiraba con agitación, mientras que su madre, sosteniéndose del respaldo del sillón, lo miraba con enorme desprecio. Él no necesitaba hablar, su cara lo decía todo. "Debés estar pensando que sos un héroe, esbozó con un tono que denotaba una fuerte borrachera. Con todas las veces que te salvé, esto no es nada". Octavio miraba a Graciela fijo, casi sin pestañar. "Me vas a venir a juzgar vos a mí, continuó como podía. ¡Vos a mí! No te echaron del colegio gracias a mí. Entraste a la municipalidad por mí. Y osás cuestionarme. Hice todo por vos, mocoso desgraciado. No formé una familia por culpa tuya. No tuve una pareja por culpa tuya. Me tragué los peores sapos por vos. Y vos tenés el tupé de juzgarme. Saliste a tu padre, quienquiera que sea. Entre todos los imbéciles con los que salí en esa época, no hacían uno y vos tenés algo de todos ellos. Ni eso hice bien. Cría cuervos y te sacarán los ojos. No me fui a Buenos Aires para tenerte en este lugar de mierda. ¡Malagradecido! No sos nada sin mí y ni un gracias se te cayó por casualidad. ¿Tenés vergüenza? Si ni sabés lo que es. ¿Sabés lo que es vergüenza? Haberte parido a vos para en todos estos años verte haciendo quilombos. ¿Y quién te sacaba? Sí, yo, tu mamá. Y me cuestionás todo el tiempo. Mirá, pedazo de estúpido, yo me voy a morir sola. Ahora a vos... que Dios te ayude". Dicho todo eso, se desplomó en el sillón boca abajo, comenzando a roncar con fuerza. La reacción de Octavio nunca llegó. Su expresión era neutra. Quien pudiera haberlo visto, hubiera dicho que se trataba de un ente.
A la mañana siguiente, el pueblo amaneció con la triste noticia. Sonaron las campanas de la iglesia y allí se reunió la gente para despedir a su legendario intendente. Las campanadas despertaron a Octavio y Graciela quienes lucían terribles. Él con ojeras y apagado, mientras que ella tenía un fortísimo dolor de cabeza que se le agudizaba más con cada sonido que salía del campanario. No se dirigieron la palabra. Solo se cambiaron para ir con todos los demás. Todo el pueblo se amontonó en la plaza central. Una larga fila se había formado en la puerta de la municipalidad. En el salón central yacía el caudillo, el hombre que había manejado y gobernado el lugar como patrón de estancia. Don Jesús García era un prócer. Cuando Octavio y Graciela llegaron, ambos con lentes oscuros a pesar de que el día era nublado, encontraron junto al féretro a la familia Colombo acompañando a la viuda, doña Margarita Handelplaten con un semblante que no era muy claro. Obviamente que estaba triste, pero había hasta un aire de enojo, que se hizo más visible en cuanto percibió la llegada de Graciela. Al lado de la señora, estaba el que preparaban como heredero del poder, el gallego Jesús García.
El viceintendente, Alejandro Grumowsky se mostraba compungido, pero ya estaba ideando ser él quien se perpetúe en el poder. Tal como estaba haciendo su compañero de fórmula, preparaba a su heredero, el ruso. Toto miraba a Octavio y lo saludó de lejos. Este lo ignoró. Por la noche, la policía había hecho la autopsia, dando como resultado que don Jesús García había fallecido por causa de un paro cardíaco. El comisario Campagnani cerró el caso, sin embargo, su segundo, el Petaco Nannini tenía otras sospechas. Por obediencia debida, tuvo que acatar la orden de su superior y cerrar el caso. Sin embargo, se puso a investigar por su cuenta y encontró otras hipótesis.
Cuando llegó la hora del entierro, iban todos en fila detrás del coche fúnebre. Toto se acercó a Octavio y le susurró al oído: "¿Por qué no me respondiste cuando te llamé anoche?" Octavio se quedó paralizado por un segundo. "No sé de qué me hablás", respondió con un tono que denotaba nerviosismo. Toto insistió que lo vio desde lejos, en la esquina de la municipalidad. La reacción fue inmediata. Se acercó a Toto y lo interceptó. "Vos no viste nada anoche, lo amenazó. Yo estaba en casa. Te habrás confundido". El tono de Octavio convenció a Toto de que no debía seguir hablando del tema. Graciela, quien había visto eso, tomó a su hijo del brazo y lo sacó de ahí.
El clima era tenso. Entre la tristeza del pueblo y las suspicacias, había un silencio incómodo. Antes de llegar a la puerta del cementerio, Octavio, visiblemente fastidiado, intentó convencer a Graciela de irse de ahí. "¿Vos sos idiota o te hacés?, le vociferó, nos quedamos hasta el final. Y, por una vez en tu vida, dejá de avergonzarme". Él inhaló e hizo la mueca de un nene caprichoso. Ante la mirada demoledora de su madre, bajó la cabeza y continuó su marcha. Los Colombo iban detrás. Doña Elisa, quien no dejaba escapar detalles a la hora de observar, cuchicheaba con su esposo. "Para mí, estos dos saben algo o están metidos en algún lío", insistía ante la indiferencia de don Cristóbal, que chistaba dando por finalizada la conversación. Quien estaba pendiente de todo era el Petaco Nannini.
Continuará...
El Puma
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