OCTAVIO Y GRACIELA, CAPÍTULO 3


 

Octavio se había quedado en su despacho hasta tarde. No había sido una jornada ni ardua, ni agotadora, pero a él le gustaba que lo vieran merodeando dentro de la municipalidad. Se iba a despedir de don Jesús García, pero cuando vio la puerta del despacho cerrada y un pañuelo rojo en el picaporte, entendió todo y siguió de largo.

Cuando llegó a su casa, todas las luces estaban apagadas. Extrañado por la situación tuvo un mal presentimiento. La habitación de Graciela tenía la puerta cerrada. Golpeó una vez, luego dos. No había respuesta. Abrió. No había nada y la cama estaba hecha. Era raro todo, hacía varios años que Graciela no salía hasta tan tarde. No sabía si enojarse o asustarse. Suponía lo que su madre estaba haciendo, pero ni se imaginaba dónde. Tomó su celular y se aprestaba a llamar, se le habían anticipado. Respondió y su rostro se transformó. "¿Mamá?, esbozó con cierta incredulidad. Del otro lado, el llanto y la desesperación no ayudaban a Graciela para explicar lo que sucedía. Octavio rugió furioso gritando: "¡Mamá!, no te entiendo nada. ¿Dónde estás?... ¿y qué carajo hacés ahí?... no se te entiende nada, mamá... bieno, decime exactamente y... ¿qué estás haciendo ahí?... no, no me lo digas... voy para allá, quedate ahí, no te muevas hasta que yo llegue... no... no hables con nadie. Voy para allá". Salió corriendo de su casa, haciendo el mismo recorrido que venía de hacer de ida. Al llegar a la municipalidad, solo quedaba el sereno, el viejo Ibáñez, casi dormido en la puerta. Octavio pasó por al lado y se dirigió al despacho del intendente, el pañuelo rojo seguía colgando del picaporte, lo que acrecentó su ira. Entró y encontró a Graciela al borde de un ataque de nervios, con un vaso de whisky en la mano. Al ver a su hijo, lo abrazó con desesperación. Él observó todo el lugar y vio a don Jesús García sentado en su sillón individual, despatarrado, con la cabeza girada a un costado y el rostro completamente pálido. Octavio entendió todo, no quiso ni preguntarle a su madre lo que pasó, ni mucho menos en ahondar con detalles. "Mamá, le dijo en forma tajante, andate a casa ya. Yo me ocupo de todo". Graciela miró atónita la reacción fría de su hijo, no lo podía entender. "Andate a casa ahora, insistió él, no hables con nadie y aprovechá que está el viejo Ibáñez dormido en la puerta". Ella no lograba moverse. "¿Estás sorda, mamá?, la cortó de nuevo alzando la voz, movete, rajá de acá. ¡Ya!" La mirada fija y llena de una ira gigantesca la asustó más y salió corriendo. Acto seguido, cuando él se quedó ahí con el cuerpo del alcalde, le acomodó un poco, limpió lo que había tocado, dejó un libro tirado al lado del cadáver y salió de ahí despacio. Mientras recorría el pasillo, escuchó pasos. Se escondió detrás de una de las columnas y vio pasar al viejo Ibáñez, quien se dirigía a la oficina del intendente. En cuanto pudo, corrió y salió a la calle. A los pocos metros, escuchó a alguien que lo llamaba, pero no pasó en ningún momento hasta llegar a su casa.

Continuará...

El Puma

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