MI LIO CON LA SELECCIÓN: CRÓNICAS DE MI PADRE

 


Mi papá no mira fútbol. Lo odia. Dice que todo se terminó con Diego Maradona, el Diego, Dieguito, y que lo de ahora es marketing, relato insoportable y tipos corriendo como si estuvieran en una publicidad de shampoo. Pero después aparece. Siempre aparece. Es un cararrota total, un fenómeno clínico. En 2014 se plantó fuerte: “Si no está Carlos Tévez, Carlitos, yo no miro”. Y cumplió… dos partidos. NO VIO los goles contra Bosnia, dos golazos de Lionel Messi y él como si nada, mirando cualquier otra cosa. Pero Holanda sí, Holanda le importaba. Estaba enamorado de Arjen Robben, gritaba los goles como si fuera holandés, “mirá esas patas, esto es fútbol de verdad”, decía, Argentina le daba lo mismo… hasta que llegó Nigeria. Tiro libre, Messi agarra la pelota y mi papá entra en trance místico, “pará… me está mirando”, se acerca a la tele como si fuera un chamán y le susurra “al ángulo, Leo…”, gol, listo, desde ese día cree que el gol lo hicieron entre los dos, sociedad Messi–mi papá, una cosa ridícula. Cinco minutos después lo putea, diez minutos después lo ama, quince minutos después le pide perdón llorando, y a los veinte: “igual no es el Diego”. Es imposible.

Pero el verdadero quiebre fue Suiza. Ese partido lo destruyó mentalmente. Todo el partido puteando, caminando, diciendo que eran unos muertos, que no le ganábamos a nadie, que Suiza “se tiraba atrás como un equipo chico”, indignado con Suiza como si fuera una cuestión personal. Ya estaba sacado, estaba para romper algo. Y de repente, Messi agarra la pelota, se mete entre dos suizos, amaga, arrastra a todos y la suelta para Ángel Di María, el Fideo, SU DIOS. Porque mi papá podrá odiar a todos, pero al Fideo lo ama desde siempre. Fideo patea… golazo. Y ahí mi papá pierde la cabeza. Pero la pierde mal. Gritó ese gol como una hora seguida. Una hora. No paraba. “¡FIDEOOOOO!”, gritaba, desaforado, con fiebre creo que tenía, no importaba nada, se quería meter adentro de la tele. Terminó el partido y él seguía gritando. Veinte minutos más gritando. Un loco. Y desde ese día es eso: la selección puede ser una mierda, todos unos muertos, pero el Fideo… el Fideo es la bandera, el Fideo es sagrado.

Después vino la época del Gerardo Martino y ahí ya era una máquina de odio. A Paulo Dybala lo mandó a actuar en Esperanza mía, decía que tenía más futuro con Lali que en la selección. Un 0 a 0 con Paraguay y estaba indignado: “¿Quiénes son estos? Por jerarquía nos tienen que respetar”, como si Paraguay le hubiera faltado el respeto en un asado. Pero después ganábamos 4 a 0 a Estados Unidos y me llamaba: “Escuchame, con este equipo le ganamos a Alemania caminando”. Dos días después, final con Chile, perdemos, apaga la tele: “No miro más esta mierda”. Messi un desastre, todos unos fracasados, nunca más. Nunca más… hasta el siguiente partido.

En el medio tenía sus delirios con los arqueros: si atajaba Sergio Romero era “chiquito, muy chiquito”, si no estaba tampoco miraba, si estaba Franco Armani también se quejaba, nada le venía bien, siempre encontraba algo para odiar. El Mundial 2018 medio que ni lo miró, decía que no le importaba, pero seguro algún partido vio para putear tranquilo.

Qatar ya fue la obra maestra. “No lo veo”. Primer partido no lo ve, perdemos con Arabia y sale agrandado: “¿Ves? Yo sabía”. Contra México aparece en modo juez supremo, se sienta y empieza a destruir: a Rodrigo De Paul lo quería fundir, que le daba la tarjeta de crédito y lo dejaba en la calle, a Messi lo trató de todo, que es un tarado, que tiene cara de boludo, que no le transmite nada. Se va a la cocina. Gol de Messi. Vuelve. “¿Qué pasó?” —Gol. “¿Cómo jugamos?” —Mal. “Entonces no lo grito”. No lo gritó. Un psicópata. Pero ve dos pases bien y listo, se le mete el fútbol en el cuerpo, se empieza a calentar solo, se para, camina, relata, y para el tercer partido ya es Homero Simpson en la final: “somos campeones”. Y cuando ganamos… llora. Llora de verdad. “Perdoname, Leo”, le dice a Messi. El mismo tipo que lo insultaba hace dos días. Y ahora ama a todos: ama al Fideo, ama a De Paul, ama a Messi, ama a todos porque fuimos campeones del mundo.

Y ahora dice que no va a ver el próximo Mundial, que no quiere sufrir, que quiere que Argentina gane para siempre, el “Mundialirijillo” ya le está subiendo la emoción mientras lo cuenta. Yo ya sé cómo termina. Dos partidos dura. Tres con suerte. Después aparece, se sienta como si nunca hubiera pasado nada, mira la tele y tira: “Bueno… yo quiero ver buen fútbol”. Cararrota. Total. Irrecuperable.

Santiago Barboza

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