EL SECRETO DE OCTAVIO, CAPÍTULO 3 (FINAL)
No se anduvo con chiquitas y nos subió a su camioneta para llevarnos de nuevo al pueblo y al colegio. El viaje hasta la oficina del director, Lucas Brepsy, a quien aprodábamos nada cariñosamente "la rata tartamuda". En cuanto nos vio y escuchó a don Bernardo, su ceño se frunció más de lo habitual. Nos dio un sermón muy largo, más por lo nervioso que se puso que por el contenido en sí. Toto estaba al borde del llanto, Octavio miraba para otro lado por lo que la rata me miraba fijo a mí. "Se... señorita Cam... Cam... Campos, ordenó, llame a.… a.… a.… los pa... padres de estos...
- Sí señor", respondió la secretaria.
Pasaron unos instantes hasta que apareció Graciela, una mujer muy mirada por todos en el pueblo ya sea porque era atractiva y porque siempre usaba ropas que hicieran visible su figura. "Ay, por favor, exclamó ella en forma histriónica, ¡qué horror! Mi Octavito envuelto en un episodio como este... ¡Qué barbaridad! Señor Brepsy, no puedo creerlo. Estoy segura de que fue engañado en su buena fe. Don Bernardo, no sabe lo avergonzada que estoy". La madre de Octavio estaba haciendo una interpretación más para ganarse un Martín Fierro que para otra cosa. Ni bien terminó su recitación, aparecieron doña Elisa y mi mamá. Nos dieron la orden de esperar en la secretaría, además de castigarnos con quedarnos unas horas suplementarias después de clases. Ni hablábamos entre los tres, pero sabíamos que se nos venía la noche. Media hora más tarde, la puerta se abrió, Graciela abrazó a Octavio y le dio a un beso. Doña Elisa lo miró fijo a Toto, bajando él la mirada. Mi vieja pasó de largo y ya sabía muy bien lo que me esperaba en casa.
Salimos del colegio tres horas después. Decidimos ir los tres juntos. Octavio vivía a la vuelta, lo acompañamos. Cuando estábamos a media cuadra, vimos la puerta de la casa abrirse. Don Bernardo salía de ahí, con su camisa afuera del pantalón, despeinado y una sonrisa que no tuvo en ningún otro momento del día. Octavio tenía un mal semblante, como si sintiera algo que pensé no sería capaz de sentir: vergüenza. Sin siquiera despedirse, entró a su casa. Toto y yo nos miramos extrañados. Giramos para dar la vuelta y escuchamos el timbre. Volvimos sobre el lugar y vimos la puerta abrirse. "Ay Luqui, pasá", decía la inconfundible voz de Graciela. "¿Qué hace la rata tarta en la casa de Octavio?", preguntó Toto con un tono que denotaba una inocencia muy tierna. No supe bien que contestarle, le cambié el tema y lo acompañé hasta su casa.
El Puma
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