TOTO, CAPÍTULO 6

 


Eran las ocho de la mañana y me desperté con el campanario de la iglesia. Me levanté y fui para la cocina. No había nada, lo bien que dormí me hizo olvidar que no había comida. Sin hacer ruido, salí a comprar algo para desayunar. No tardé mucho, me fui a la confitería que siempre estuvo a metros de casa. Pedí todo medio apurado, será por eso que don Orestes no se animó a preguntarme si yo era la persona que él suponía que era. Salí rápido de ahí y entre a casa. Mecha seguía durmiendo.

Aproveché para sentarme en mi viejo escritorio para preparar la columna para el diario y pensar. Ya tomé la decisión de ir a reclamar mi casa a la municipalidad. ¿Qué haré con esto? No lo sé. Dependerá de muchas cosas. Puedo venderla o quedármela. Para eso, tendría que venir cada tanto y pasar tiempo acá. Pensar que vine para cerrar un ciclo, pero están aflorando muy buenos recuerdos, esos que tenía olvidados, o que los malos momentos habían borrado. Por suerte, para lo que el diario me está necesitando en estos días, puedo hacerlo desde acá.

Me puse a preparar el desayuno cuando escuché: "Madrugaste". Al levantar la cabeza, la vi a Mecha con su camisa, pero sin pantalones. "Siempre fui de madrugar", le respondí, mientras ella sonreía. Nos sentamos frente a la mesa de la cocina y empezamos a comernos las facturas. "Me cuesta creer que no te casaste, empezó.

- No encontré a la adecuada, todavía. Me ganaste de mano, eso te iba a decir yo.

- Sabés que no me gustan las ataduras.

- A tu madre le hubiera gustado.

- No me hagas acordar. Es un tema tabú con ella ¡No! No me veo siguiendo a ningún hombre. Puedo querer, hasta amar con locura, pero soy demasiado libre. Y tampoco quiero cortarle la libertad a nadie. Me gusta eso. Pasar un buen rato. Si pinta, bien. Y sino... también.

- Sos más parecida a tu viejo.

- Pero él, al final, cedió.

- Encontró, querrás decir.

- Sí. 

- Y quien te dice que vos no.

- Tengo 52 años, hijos ya no voy a tener y estoy muy bien sola.

- Me sorprende que, siendo un espíritu libre, sigas anclada acá.

- ¡Querido! Yo no vivo acá. Vengo seguido a visitar a mi vieja. Sí hace unos meses que estoy, desde que se murió mi hermano.

- ¿Dónde estás viviendo?

- Tengo base en Mar del Plata, pero viajo mucho por el norte.

- Cierto que me lo habías dicho.

- ¿Estás perdiendo la memoria?

- Estoy más viejo que ayer.

- Te fuiste por la tangente. ¿Cómo pasó que yo te esté contestando lo que yo te pregunté?

- Yo te contesté. Después te repregunté.

- No, no, no. No juegues al periodista conmigo. Dijiste que no llegó la justa. ¿Por lo menos hubo alguna que se le haya acercado?

- Tuve algunas relaciones. Pero, como te pasa a vos, no todas se bancan la libertad. Ando mucho de acá para allá. La noticia ocupa el primer lugar, o lo ocupaba.

- Te quedaste pensando en la Turca".

Me fulminó con esa última frase. Si bien ella conoce bien mi historia y no tiene problemas en hablar de nada, hay ciertas cosas que no deben tocarse. Dio en la tecla. Siempre me quedé pensando en la Turca y esperaba enterarme en estos días por donde andaba. Está claro que no es a Mecha a la que le voy a preguntar. "Eso ya fue, respondí de una manera que ni yo me convencí ni a mí. 

- Está bien. No vuelvo a tocar el tema. Cuando lo quieras hablar, lo hablás. Conmigo no hay drama. 

- Te prometo que, en algún momento, tocaremos el tema. Nunca tuvimos secretos.

- Te tomo la palabra. ¡Qué bueno que estés acá! Se hizo eterna la espera, pero ahora siento que no pasó el tiempo. Todos te esperábamos.

- Hablé bastante con tu mamá. Me contó mucho, pero tengo la sensación de que hay cosas que no me quiso contar.

- Mamá es así. Cuenta por partes. ¿Qué te contó?

- Me dijo que Toto era depresivo y que se vino abajo cuando se murió tu papá.

- Y es verdad. Papá lo tuvo más o menos en pie. Le consiguió un laburo en la municipalidad. Pensó que gradualmente podía sacarlo de su depresión y que conseguiría su independencia. Toto no aguantaba fuera de esa casa. En los últimos años estaba hecho una piltrafa. Nadie en el pueblo entendió que necesitaba ayuda. Para la gente, él era el hijo fallado de don Cristóbal y doña Elisa.

- Dejame adivinar. El único que le daba bola, cuando le convenía, era Octavio.

- Vos lo dijiste. Ese hijo de puta lo usaba para sus chanchullos. Siempre lo agarraban al pobre Toto, pero nunca fue en cana porque era inimputable.

- ¿Y cómo es que tardaron tanto en meter en cana a Octavio?

- Porque, siempre se las arregló para estar del 'lado correcto' de la política. Era ñoqui y manejaba a la banda de la esquina de Rogel. Los intendentes se sirvieron de él, hasta que ya no lo necesitaron más.

- Se ve que lo necesitaron mucho tiempo. Y vos, ¿nunca tuviste alguna relación duradera?

- No. Ninguna me motivó más de lo que duraron".

Mecha miró el reloj. Se levantó y me dijo que se tenía que ir a encontrar con su madre. Se dirigió al cuarto, se puso los pantalones, me dio un beso largo y me sonrió antes de decirme: "Ya nos vamos poniendo al día". Cuando salió, me quedé pensando mucho. Caminé de la puerta al centro de la sala, donde me tropecé con la alfombra. Al acomodarla, encontré un sobre dirigido a mí, sin remitente. Al abrirlo, encontré una carta. Reconocí la letra enseguida. "Cabezón hijo de puta, cuando vuelvas acá, te voy a buscar y te voy a matar", decía.

Continuará....

El Puma

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