TOTO, CAPÍTULO 5



Si bien me quedaron temas pendientes, la tentación o, mejor dicho, la ansiedad por volver a mi casa pudo más. Me despedí de doña Elisa con la promesa de volver a tomar el té en los próximos días. Volví para la plaza y la crucé. Pasé por al lado de la municipalidad y pude ver en los costados varias pintadas, casi todas amenazas firmadas por la banda de la esquina de Rogel. No necesito decir que Octavio estaba detrás de todo eso, con la venia de alguno que corta el bacalao. Ahora que lo pienso, doña Elisa no me dijo por qué estaba preso. Bueno, no hay que esforzarse mucho para adivinarlo, sobre todo después de haber visto esas pintadas.

Finalmente llegué a mi meta. Permanecí parado frente a la puerta unos minutos, todo estaba impecable. Nadie que no conociera el pueblo o su historia, pensaría que se trata de una casa abandonada. Tomé coraje y entré. El orden y la limpieza que siempre imperó seguía vigente. Si hasta me parece escuchar la voz de mi vieja llamándonos para comer, o la de mi viejo carajeando porque le estaban cortando la inspiración. 

Mi viejo era muy culo inquieto. Además de su trabajo en la biblioteca municipal, juntaba documentos y hacía informes y escritos que nadie leía. Creo que mi vocación de periodista nació de verlo a él. Todo lo que leí e incorporé, se lo debo a todos esos libros y publicaciones que juntaba. Miré el living y los libros estaban intactos y ordenados como recordaba que estaban. Pasé a la cocina, estaban todos los platos, cubiertos y utensilios que mi madre utilizaba. No había ni una sola telaraña.

Cuando entré a mi cuarto, me encontré con un santuario. Para mi sorpresa, estaba colgado mi diploma de la licenciatura en periodismo. Me pasé años buscándolo. Esa fue la vieja, seguramente. Estaba al lado del título secundario que nunca vine a buscar y varias fotos enmarcadas. La más grande es una de mi graduación en el colegio junto a mis padres. Hay otra con mis compañeros el último día de clases. Yo estoy en la fila de arriba, justo en el medio. Toto está en la fila del medio, en la punta izquierda, justo al lado de Octavio. En la fila de abajo, con esa hermosa sonrisa que siempre tuvo, está la Turca. ¿Qué habrá sido de su vida? Siempre me decía que se iba a tomar un año sabático para viajar por todo el país y después iba a ver qué hacer. Por ahí hay otra foto con mis padres, Toto, doña Elisa, don Cristóbal y Mecha, que está abrazada a mí. Debe haber sido después de esa noche en "El Colibrí". ¡Cómo olvidarlo! Tampoco me habló mucho de Mecha, doña Elisa. ¿Sabrá algo? Seguramente. Siempre se enteraba de todo. Con Mecha no había ataduras, cuando nos encontrábamos, pasaba algo, pero después, cada uno seguía su rumbo.

El timbre me sacó de foco y me sobresalté. Tardé unos segundos en incorporarme. Volvió a sonar. Fui hacia la puerta y ante el tercer sonido, atiné a decir "voy" en voz alta. Abría la puerta y sonreí. Una hermosa mujer, con visible emoción en su rostro estaba del otro lado. De inmediato, vino hacia mí, dándome un fuerte abrazo. "Sabía que te iba a volver a ver", exclamó Mecha emocionada.

Continuará...

El Puma

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