TOTO, CAPÍTULO 3

 


Saludé a doña Elisa casi con vergüenza, como esos chicos que bajan la cabeza ante sus padres cuando saben que se mandaron una macana. Veía la mirada severa de esa mujer, que tantas veces me recibió con los brazos abiertos y sentía que mi culpa se agrandaba segundo a segundo. "No te estoy retando - agregó enseguida, como si me hubiera leído el pensamiento - aunque tantas veces quise hacerlo".

Solo atiné a decirle que se veía muy bien, y se ve que eso la ablandó un poquito. Me miró con cierta ternura y me hizo pasar al living. Todo estaba igual. Los mismos muebles, la misma amplia biblioteca, como si se tratara de un museo. "Como verás, nada cambió, me decía mientras me hacía el gesto para que me sentara, desde que falleció mi marido, decidí dejar todo igual. No me hubiera atrevido a mover ninguno de sus libros o recuerdos de sus viajes.

- ¿Cuánto hace ya que él no está?

- Hace casi diez años. Fue el fin para él y el principio del fin para Toto.

- Me imagino.

- Toto tenía dos ídolos en su vida. Su padre y vos. 

- ¿Yo?

- Oh sí. Mi marido también te tenía en alta estima.

- ¿Y usted?

- Y encima me lo preguntás. Vos fuiste como hijo para mí, por eso también es que estuve enojada mucho tiempo con vos".

No atiné a responder a eso último. Suponía que algo así podría pasar, pero nunca imaginé que sentiría tan fuerte ese cachetazo verbal que me acababa de dar. Me volvió a mirar con cierta ternura y me hizo un gesto para que esperara. Se levantó para dirigirse a su habitación. Escuché algo de ruido, como si buscara algo. Enseguida volvió con un bibliorato. Lo abrió y me quedé sorprendido. Vi todos artículos que escribí, desde los que hacía en la primera revista en la que trabajé como pasante hasta el último que salió en el diario justo antes de que Toto se fuera. "Entre ellos dos juntaban todos tus artículos, siguió. Todos estábamos orgullosos de vos. Sabíamos que eras distinto, que la mediocridad que te rodeaba te iba a matar si te quedabas acá. Te animaste a lo que ninguno se animó. Pero tu precio fue alto. Nunca mencionaste tus orígenes en los reportajes que te hicieron. Entiendo por qué lo hiciste, aunque también me dolió". Doña Elisa suspiró fuerte, como pasando la página y dejando al lado la dureza y severidad, para volver a ser la misma señora cariñosa y amable que siempre supo ser. Siguió hablando, contestando a mis preguntas que no alcancé a hacerle. 

"Seguramente querrás saber cómo fue que pasó. Toto siempre fue muy sensible, a pesar de que se hacía el duro. Y también muy influenciable. Creo que eso lo sabés muy bien y lo padeciste también. Nunca pudo irse de esta casa, no supo dejar el nido y se refugiaba mucho en su padre. Cristóbal era su guía y su contención. Cuando falleció, el mundo de Toto se terminó de derrumbar. Tu ida lo afectó mucho. Estaba tan triste, pero no lo podía demostrar, así que le salió enojarse. Por eso no te fue a despedir a la terminal. Cristóbal y yo le dijimos que se iba a arrepentir. Tuvieron que pasar más de treinta años para que lo reconociera. Ah, esperame, tengo algo para darte".

Doña Elisa volvió hacia una de las habitaciones. La abrió con llave y entró. Buscó algo por un rato y salió. Tenía una carpeta en la mano. Me la mostró. "Todas estas son cartas que Toto te escribió, pero que nunca se atrevió a enviarte, sollozó. Creo que es justo que las leas y que sepas que él nunca se olvidó". Bajé la cabeza unos segundos y me acerqué a ella para tomarla de las manos. Acto seguido me abrazó y continuó llorando sobre mi hombro.

Continuará...

El Puma

Comentarios

Entradas populares de este blog

POR QUÉ NO SE LOS PUEDE COMPARAR

ALGUNAS SORPRESAS Y COMENZANDO RECAMBIO

SE VIENE LA HORA DE LA VERDAD