TOTO, CAPÍTULO 2

 


Llegué a la plaza central, no hace falta ni decir el nombre. En todos los pueblos, en el centro hay una plaza con el mismo nombre, teniendo en el medio el monumento, la municipalidad en uno de los costados, la iglesia en otro, algún edificio público en el tercer costado y un colegio en el último, el que asistimos los chicos de este pueblo. Allí empezó mi sueño de ser periodista, donde llevaba cuadernos llenos de fechas de una liga imaginaria internacional. En una misma competencia de 20 equipos, estaban River, Boca, América de Cali, Inter de Milán, Real Madrid, Peñarol, Nacional y tantos otros. Aun los guardo en alguna caja cerrada en la baulera de casa. 

Observo la plaza y los edificios. Nada cambió. A lo sumo le habrán dado alguna mano de pintura, seguramente a la hora de las elecciones locales. En las paredes hay pegados afiches de oficialismo y oposición. Veo los apellidos y son los mismos. Algunos fueron compañeros míos del colegio. Siguieron el mandato familiar. Solamente unos brutos como ellos podían llegar a esos lugares, no servían para otra cosa. Miralo vos al ruso Grumowsky es el intendente. ¡Madre de Dios! Un tipo que respondió que el rombo era un cuadrado al revés, hoy es el que maneja el pueblo. Y en la oposición, el gallego Jesús García, otro bestia peluda que no sabe ni modular. Villa Yapur está destinada a la extinción con esta gente. 

Muchas emociones y sensaciones cruzadas me invadieron en ese momento. Me acerqué a la puerta del colegio y miré. Rememoré la infinidad de entradas y salidas que tuve ahí. La vez que me agarré a trompadas con Octavio y me sacaron cuando lo estaba por tirar al piso. Hubo otra ocasión en la que me llenaron la cara de dedos los de la banda de la esquina de Rogel, seguramente enviada por el cobarde de Octavio. Sin embargo, la que más recuerdo, fue la última. En ese momento sentía una felicidad inmensa por no tener que volver más a ese lugar que odié durante los últimos tres años. En algunas cosas, creo que tenía razón y en otras creo que no entendía lo que estaba pasando realmente. 

No quise entrar todavía, quería hacer lo principal primero. Para eso, tenía que caminar tres cuadras más después de la esquina del colegio. Iba muy despacio y mirando para todos lados. Algunas personas me miraban como si yo fuera un personaje de la televisión o un extraterrestre. No sé si realmente sabrán quien soy o, mejor dicho, no sé si sabrán que yo también soy oriundo de acá. Nunca lo dije, ni siquiera en los reportajes que concedí a colegas. Por más malos recuerdos que pueda tener, no puedo renegar de mi lugar de origen. Creo que finalmente lo estoy entendiendo. Llegué después de varios minutos a la esquina. La casa estaba igual. Toqué el timbre y esperé. Tras unos minutos, la puerta se abrió y salió una señora mayor. En cuanto me vio, abrió grande los ojos y conteniendo algunas emociones, respiró bien hondo, cerró los ojos y me dijo: "Ya era hora de que volvieras por acá".

Continuará...

El Puma

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