EL LABERINTO DE ALICIA, CAPÍTULO 4


 

     Blanco miró fijo al juez, luego observó la felicidad reciente del fiscal para detenerse en el testigo. Lo miró de arriba hacia abajo, movía la cabeza mientras realizaba una mueca. “Señor Barbagelatta – comenzó – usted aseguró recién que la señorita Nieves odiaba a la señora Rivera, al punto de desear matarla, ¿por qué lo dice?

-         Por cómo se refería a ella.

-         Y usted se considera lo suficientemente sabio o experto para determinarlo. Debe ser un gran criminólogo.

-         Objeción señoría – cortó el fiscal –, el abogado se ríe del testigo.

-         No me río, señoría – retomó Blanco –, simplemente estoy estableciendo que la declaración del testigo es una irresponsabilidad.

-         Usted no es quién para decidirlo – insistió Elvira.

-         Usted no es quién para determinar que esa declaración es seria.

-         Basta señores – gritó el juez – les pido que cambien el tono de las preguntas.

-         Pido por favor que esa declaración no conste en actas – insistió Blanco.

-         No ha lugar ni a ese pedido, ni ha lugar a la objeción, – cortó el juez –  doctor Blanco, continúe, por favor.

-         Gracias, señoría. Le repito, señor Barbagelatta, ¿cómo puede usted determinar que la señorita Nieves era capaz de matar a la señora Rivera?

-         Fue solo una opinión, no una afirmación.

-         Le recuerdo, señor, que está frente a la justicia y que usted se encuentra bajo juramento. Usted ya dejó en claro que no tiene simpatía por mi cliente, ¿es así?

-         Así es.

-         No le cae bien.

-         No.

-         ¿Qué opina del señor Rivera?

-         Objeción, señoría – interrumpió el fiscal –, el abogado está desviando el foco del interrogatorio.

-         Señoría – retomó Blanco – estoy tratando de llegar a un punto.

-         Siga con su línea, doctor.

-         Espero su respuesta, señor Barbagelatta.

-         El señor Rivera es un profesional muy capaz.

-         Pero…

-         ¿Pero qué?

-         Es lo que quiero saber. ¿Cuál sería su defecto?

-         Es humano y se puede equivocar.

-         ¿Cómo con qué?

-         No sé.

-         Señor Barbagelatta, le recuerdo que está bajo juramento.

-         No entiendo su pregunta.

-         No me parece muy complicada. Vamos de nuevo. Usted me acaba de decir, y bajo juramento le recuerdo una vez más, que el señor Rivera es un profesional muy… capaz. Y yo quería saber sobre algún defecto que usted le note.

-         Bueno, no soy quien para juzgar a nadie.

-         ¡Que casualidad que aquí estamos en un lugar para juzgar precisamente! ¿Así que podrá hacer una excepción y contestarme esa pregunta tan sencilla?

-         Objeción señoría, el señor Barbagelatta no es quien está siendo juzgado aquí.

-         Ha lugar.

-         Cambio la forma y me disculpo por la ironía. Pero quiero que conteste a mi pregunta.

-         Señor Barbagelatta – retomó Collina – responda a la pregunta del doctor Blanco, por favor.

-         Bueno… el señor Rivera es… cada tanto… bueno, a veces es evidente…

-         Sea conciso, por favor.

-         Un…

-         ¿Un?

-         Bueno, ¿pero quien no lo ha hecho alguna vez? La carne es débil.

-         Señor Barbagelatta, le pido que use aunque sea un adjetivo claro.

-         Ejem… bueno, el señor Rivera es muy…

-         ¿Quiere tomar agua?

-         No gracias.

-         Sigo esperando. Ya dijo ‘muy’. ¿Muy qué?

-         No encuentro la palabra adecuada.

-         Déjeme que lo ayude sin ser grosero. ¿Mirón? ¿Baboso? ¿Onanista?

-         Objeción señoría – volvió a intervenir el fiscal – eso es inapropiado.

-         Ha lugar.

-         Retiro la última palabra. ¿Qué me dice?

-         Creo que mirón podría aplicarse.

-         Y miraba mucho a Alicia Nieves.

-         Sí señor.

-         ¿Y cómo la miraba?

-         Con una mezcla de cariño y algo de lujuria.

-         Interesante. ¿Cómo lo percibía?

-         Era muy obvio, ella se vestía provocativa, con escotes bastante subidos de tono y él… bueno, entraba en ese juego.

-         Usted afirmó que ‘a cualquiera podría pasarle’, ¿le pasó a usted?

-         Bueno, en algún momento de mi vida, sí.

-         ¿Y le pasó con mi cliente?

-        

-         ¿No será que usted tenía esa misma mirada pero no era correspondido porque el jefe de ambos había posado sus ojos en ella?

-         Objeción señoría – retrucó Elvira – mi colega está llevando esto para cualquier lado.

-         Retiro esa pregunta. Pero hago otra. ¿Usted encuentra atractiva a la señorita Alicia Nieves?

-         Señoría – protestó el fiscal – el doctor Blanco está convirtiendo esta audiencia en un circo.

-         Sólo estoy tratando de averiguar si el testimonio es auténtico o si tiene algo oculto.

-         Lo dejaré seguir, doctor Blanco – expresó el juez – pero por favor, sin acotaciones o comentarios tendenciosos, por favor.

-         Gracias señoría. Le repito la pregunta, señor Barbagelatta, ¿encuentra usted atractiva a la señorita Alicia Nieves?

-        

-         ¿Tengo que ayudarlo otra vez? O hay que volver a aclarar que está bajo juramento.

-         No.

-         Entonces responda, por favor.

-         Sí – sostuvo con un tono muy bajo ante el intento de Blanco de ocultar una sonrisa victoriosa –.

-         ¿Cómo dijo? No escuché.

-         Sí – dijo un poco más fuerte aunque en forma aún poco audible –.

-         ¿Puede decirlo fuerte y claro, por favor?

-         Sí.

-         Muchas gracias – sonrisa de oreja a oreja –. No más preguntas, señoría”.

Continuará...

El Puma

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