ASESINATO EN EL SERVICIO EXTERIOR: CAPÍTULO 20
EL
INTERROGATORIO A FOFFETI
Mazzuchelli decidió dar el paso que
aún le faltaba, y que no era, por cierto, menor: interrogar al Embajador
Foffeti. Este le concedió la audiencia, pero no en el Ministerio, sino en la
leonera de divorciado que tenía en la calle Talcahuano al norte, desde hacía
cerca de un año. En ese ambiente, que tantas muestras daba de la condición
internacional y sofisticada de su dueño, el Escribiente Mayor se sintió
cohibido. En Foffeti, en cambio, otro sentimiento predominaba: el de terror. Se
estaba temiendo ésto, como vimos, desde el principio, pero el tiempo
transcurrido había comenzado a mitigar algo sus temores. Tal vez la Policía no
lo relacionaba con el crimen, tal vez las cosas no iban a pasar tan mal como lo
presintió aquella vez en Ezeiza, cuando se enteró del percance de Vegas.
Se sentaron en dos buenos sillones,
uno enfrente y a escasa distancia del otro, ya que en la leonera todo estaba
dispuesto para los acercamientos. En esa atmósfera que el Embajador había
querido hacer distendida y cálida, cuando aquél se aprestaba a convidar a su
huésped con un trago, la estocada a fondo de Mazzuchelli fue inesperada y
brutal. El Escribiente Mayor había sacado fuerzas de flaqueza, en particular de
un resentimiento que le afloró de manera incontenible, acaso porque la
elegancia y comodidad del refugio le sugería un contraste agudo con su propia
estación en el mundo.
"Embajador, ¿usted mantiene un affaire con la Secretario
Navalcarnero?"
La falta de matices con que el
policía utilizaba a veces sus novedades idiomáticas realzó aún más la crudeza
de la interrogación y provocó un angustioso y apremiante vacío en la boca del
estómago de Fofetti. Era la pregunta más temida, la que había aparecido en
forma recurrente en sus pesadillas desde hacía un tiempo.
No supo bien qué hacer, no había
imaginado una aproximación tan directa. Pero negarlo hubiera sido
contraproducente, entre otras cosas debido a que con Violeta había procedido
como habituaba hacerlo con sus nuevas adquisiciones sentimentales: le había
dado una sonora y universal publicidad. Todo el Servicio estaba al corriente,
no sólo de las generalidades sino también de no pocos particulares íntimos de
la relación, a medida que iban ocurriendo.
Decidió intentar una maniobra de
detención y con cierta audacia, teniendo en cuenta el pavor que lo había
apresado, dijo repentinamente serio:
"¿Qué quiere decir con eso,
Teniente?"
Aquí Mazzuchelli tuvo la impresión
de que había ido demasiado lejos, y bajó el tono:
"Quiero decir, una relación...
¿afectiva?"
Algo tonificado por el efecto
provocado, Foffeti se decidió ahora por un toque frívolo:
"Bueno, 'afectiva' podría ser
un calificativo, pero quizá habría otros más adecuados..."
"Quiere decir que entre ustedes
todo se daba a nivel físico."
"Bueno, Teniente, junto a lo
físico suele ir aparejado algún sentimiento, porque uno no es de piedra. Pero
entre caballeros puedo decirle que el asunto era predominantemente físico...o
erótico, si lo prefiere...más bien superficial, en todo caso. Confío en que
esto quedará entre nosotros..."
El Escribiente, que se estaba
habituando a su nueva condición de caballero tan rápidamente como a su rango de
Teniente, lo tranquilizó con un amplio gesto de la mano derecha, coetáneo de un
convincente bajar de ojos, pero volvió a la carga.
"¿Eso quiere decir que no había
planes matrimoniales, ni de una relación más permanente entre ustedes?"
Foffeti reflexionó un poco. El
cuento del matrimonio había sido utilizado por él urbi et orbi, porque le daba una llave de acceso fácil a los
ámbitos que él buscaba entre las chicas ‑divorciadas o bien solteras
baqueteadas‑ que conformaban el círculo más importante de sus relaciones
femeninas, pero también porque interiormente no había descartado la idea de que
algún día iba a casarse de nuevo, acaso cuando los chicos fueran mayores.
Negarlo ahora hubiera podido llevarlo a una contradicción. Ensayó una sonrisa
mundana, que con la rigidez de su tensión y el color ámbar pálido que el miedo
le desparramaba por la cara, cobró más bien el aspecto de un rictus cadavérico.
"Teniente, usted conoce la
vida, con su oficio y la inteligencia que revela. A veces uno ofrece algunas
promesas, con los ojos puestos en un do
ut des."
Y tras una corta pausa agregó, en
tono jocoso: "Un do imaginario
para obtener un des real"
"Estos tipos, ¿por qué no
hablarán como todo el mundo?" se preguntó, fastidiado, Mazzuchelli. Pero
el sentido general de la afirmación no se le escapó enteramente y se dispuso a
proseguir, nuevamente con una estocada a fondo, aunque más no fuera para
contrarrestar la ventaja perdida por el latinajo.
"¿Usted y Vegas eran enemigos
personales?"
Nueva sensación de vacío en el
esternón de Foffeti, quien veía desarrollarse como en una pantalla
cinematográfica el caso contra él. Más palidez y más rigor mortis de su parte. La glotis se le obturó cuando quiso
hablar, con el resultado de que las palabras le salieron en un falsete
temblequeante y a continuación de un "gulp" revelador.
"Este hombre sin duda lo sabía
todo" pensó, atenaceado súbitamente por una irresistible angustia.
"Bueno, hubo algunos episodios
en el pasado...pero enemigos no." atinó a decir Foffeti, pero ya sin los
elegantes giros de que se había valido hasta entonces. Se sentía mal, odiaba a
este sujeto que había venido a perturbar su paz, y sólo quería que se fuera y
lo dejara tranquilo.
Mazzuchelli volvió, despiadado, al
ver que cobraba el dominio de la situación.
"Hubo muchos testimonios de
una...escalada de venganzas sucesivas y recíprocas que colocaron la relación
entre ustedes entre parámetros de enemistad. De enemistad a nivel
mortal...".
Y el Escribiente pudo advertir que
el misil había dado nuevamente en el blanco, y que Foffeti perdía lo poco que
le iba quedando de su compostura. Sudaba frío, estaba mortalmente pálido y respiraba pesadamente.
"Discúlpeme, Teniente. Me
agarré una fiebre hace unos años en Sudáfrica y todavía estoy... Además, yo no
estaba en Buenos Aires"
Mazuchelli sintió que no podía dejar
escapar el momento:
"Navalcarnero estuvo al lado de
Vegas cuando éste tomó el vodka‑tonic que le provocó su muerte inmediata."
El tono empleado no dejaba dudas de
la relación de causalidad entre la cercanía de Navalcarnero y la muerte de
Vegas. El escribiente había dado un gran paso en el interrogatorio, al entrar
en el terreno de las presunciones expuestas como certezas.
"¿Qué motivos pudo haber tenido esa
señorita para administrarle una dosis..." aquí se detuvo un segundo,
buscando la palabra que se le escapaba y que había aprendido en una novela
policial "...letal de cianuro de potasio?"
"No sé, no sé" dijo
Foffetti, sin darse cuenta de que estaba admitiendo la autoría material de
Violeta.
"¿Ella le confesó que lo había
asesinado?"
"Bueno,... yo no le pregunté
nada..."
Mazzucheli estaba envalentonado,
viendo cómo se desmoronaba bajo la piqueta de sus agudas preguntas nada menos
que el doctor Foffeti. Adoptó un tono duro y de incredulidad.
"¿Me quiere decir que no
hablaron del tema? ¿Que ella no le contó que estaba al lado de Vegas cuando
éste cayó fulminado por el cianuro? ...Embajador, usted me esta tomando por
tonto."
"Bueno, ligeramente, algo me
dijo...pero...no...no tengo nada que ver con esto..."
"Pero ella no tenía motivos, en
cambio usted se beneficiaba con su eliminación..."
Intuitivamente, el Escribiente Mayor
completó a continuación una clásica maniobra, al incriminar primero para luego
proveer una escapatoria. No fallaba con los cobardes.
"Claro, por otra parte, ¿ella
buscaba casarse con usted, verdad? ¿O tendría otro motivo para matar a
Vegas?"
"Todas quieren...sí, sí,
Violeta quería, pero yo no le dije...no se qué podía esperar con esa
acción...no se por qué lo hizo. Yo estaba en Nueva York...no se qué la
impulsó...Claro, ella odiaba a Vegas..."
Al pronunciar esta últimas y –para
Mazzu- preciosas palabras, Foffeti se desmayó sobre el respaldo del sillón. La
tensión de las pasadas semanas había sido demasiado para él y las fiebres
tropicales que había contraído hicieron el resto. Mazzuchelli pensó
rápidamente: esto debía repetirse delante de Menchaca, porque su sola
intervención no era suficiente, había habido prácticamente una confesión. Pero
luego se le representaron su situación personal y sus conveniencias; mejor
cumplía con su parte del pacto sellado con Sphincter.
Dejaría que aquél se llevara la
gloria, para quedarse él con el ascenso y ‑tal vez‑ con algunos pesitos que la
incierta munificencia del investigador privado le resbalara.
Gastón Lejaune
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