EL SECRETO DE OCTAVIO, CAPITULO 2

 


Al día siguiente, me dirigí adonde estaban Toto y Octavio. "¿Nos vas a buchonear?", me preguntó Toto con cara de malo, a lo que le contesté que los iba a acompañar. Su expresión cambió drásticamente para pasar a felicidad. "¡Sí! Sabía que no nos ibas a fallar", exclamó contento. Octavio no parecía compartir esa alegría y se le notaba demasiado. Esperamos a que todos entraran y nos fuimos por la esquina opuesta a la plaza central. Enfilamos para la ruta caminando, riendo y contando historias. No había nadie, el camino parecía estar solo para nosotros. Tardamos un poco más de una hora en llegar a San Germán. Era un pueblo un poco más grande que el nuestro y al que solíamos venir con nuestras familias cuando no conseguíamos algo o para ver algún médico. Había un almacén grande, muy conocido que se llamaba "La Casa de Bernardo".

Era una mezcla de almacén con bazar, muy grande. Solía venir con mis padres cada tanto. Lo miramos un rato antes de decidir entrar. Estábamos a punto de hacerlo cuando apareció un perro pegando saltos. "¿Este no es Narigón?", pregunté. Al nombrarlo, el animal me vino a saludar, parándose en dos patas. Octavio estaba nervioso y Toto empezó a echar a su mascota. "¡Narigón! Narigón, vení para acá", llamaba la inconfundible voz de don Cristóbal. Octavio y Toto salieron corriendo. Alcancé a ver a don Cristóbal y creo que él también me vio, pero fingió demencia. Entré al negocio y empecé a recorrerlo. "¡Cabezón!", me llamó Toto. "Olvidé que mi viejo iba a traer a Narigón a la veterinaria", siguió. Lo tranquilicé respondiendo que su padre ya se había ido. Perdimos de vista a Octavio por unos minutos. Volvió, pero estuvo muy poco antes de seguir girando.

Al cabo de unos minutos, una de las empleadas empezó a gritar con desesperación. Inmediatamente, los encargados de seguridad bloquearon la salida. La chica solicitó que se revisen a todos los presentes. Un hombre alto y fornido se acercó a Toto y a mí. Nos ordenó que abramos la mochila. Eso mismo hicimos y enorme fue nuestra sorpresa cuando encontramos varios productos del lugar. Toto palideció, no lograba hablar y se agarraba de mi brazo como un nene aterrado. Yo intenté explicar que no habíamos sacado nada y que ignorábamos como todo eso se encontraba allí. "Dejá Bermúdez, ordenó un hombre con gran estampa, pelo oscuro y barba, estos dos no fueron. Fue el otro que vino con ellos, vi todo". Don Bernardo, dueño del local, apareció casi de la nada. El cobarde de Octavio se había escapado. "Quédense tranquilos, chicos, continuó, otro de los muchachos lo fue a correr, no va a llegar demasiado lejos". Él sabía muy bien quiénes éramos. Y estaba en lo cierto, enseguida apareció un monigote fortachón que trajo a Octavio agarrado como si fuera un trapo de piso.

Continuará...

El Puma

Comentarios

Entradas populares de este blog

SE VIENE LA HORA DE LA VERDAD

ENTRE SORPRESAS Y CONFIRMACIONES, VAN QUEDANDO LOS MEJORES

EL FÚTBOL ARGENTINO ES UN POCO MÁS JUSTO